martes, mayo 15, 2007

Paseo Griego.



Contaré, no, reprocharé lo que oí de por ahí.

Un alcázar de condenación que se acrecenta junto a una Academia que posee jardines de infinidades que rodean a su héroe,
que no lo reconocen,
que caminan con Academos y le bailan y le cantan y le hablan.

Gentes con entendimientos de Agustinismo hipócrita que hablan de Dios con agnosticismo y que lo evocan con recelo.
¡Mejor vayan a ser escolásticos!
¡Mejor aclaren sus dudas con Tomás el Santo!
Qué digo, ¡perdonad...! Si deben hablar con Gorgias, quién les dirá, quién les contará del escepticismo,
que muy mal lo conocen,
que no lo instruyen en sus designios de esclavos.
Pues son ingenuos, pues son ignaros de todo,
pero piensan, mas bien intuyen, que con objetivismo descubren nuestro arché,
que es inasequible porque no está presente,
porque el objetivismo demuestra lo no absoluto que es la verdad única.

Iban a llorar descalzos en lo oscuro,
con murallas de rasillas y con un paredón flotante.
En la alegoría de la caverna lamentaban su Raison d’Etre e intentaban una catarsis fraudulenta que no funcionaba,
que era rechazada por el mundo de las Ideas,
porque falsaron el apolíneo y traspasaron el dionisiaco,
porque se creían brillantes,
porque se creían fiesteros.

Así como los estoicos burlados en el puerto,
leían parábolas filosóficas que forman con ideas Platónicas que crecen en mundos griegos.
Porque les contaban que su anima estaba manchada,
que con ascetismo se desprenderían, que con filosofía se desprenderían,
lejos de ideas fornicadas
y de recelos ambulantes
y de palabrerías basurales
y de gulas ambientales
y de tesoros mimesiantes.

Así hasta hallar la verdad real.

Calabazas.


Caras de calabaza,
naranjas, esféricas, cubiertas en jugosa salsa de ámbar,
adornadas con pulseras y collares de esmeraldas,
juguetean y conversan unas con otras;
con sus vecinas y aliadas.
Sonríen,
pelean con los cuervos que desean invitarlas a cenar y así robar su intimidad;
ríen,
reciben noticias de sus gusanos amigos que visten viscosos abrigos;
saludan al jardinero,
esperando por que no las lleven a trabajar.
Son aún niños, sí,
jóvenes y sin sentido del comercio empresarial.

Miran la carretera,
madera horrenda y perforada,
cubierta alegremente por más vecinas de sociedad mientras sus viudos esperan a cenar.
Van al doctor,
operación facial,
ojos de contacto y narices refinadas, labios con botox y dentaduras emperladas.
Comentan y comentan.
Las más viejas van a clases de cocina,
todas allí se juntan,
las nueras y las viudas.
Pasteles, caramelo, harina;
el olor les fascina.

Cansadas están,
sí, las caras de calabaza,
toman un baño dulce y van a tostar la piel blanca que las acordona.
Solarium, hermoso palacio;
hace mucho calor, demasiado.
Rumores y rumores.
Devuelta en el barrio conversan sobre qué ha pasado.

Peso.

Llevo el peso de años explorados, días añejos por su historia cubierta en huecos de troncos frondosos repletos de hierba de albañiles plagados en ira medieval.
Así como los antiguos soldados de guerra traían armaduras forzadas en metal grueso y resplandeciente, los nuevos guerreros de la justicia conservan el orgullo y la dicha de servir más que la de triunfar.
Me siento en ese prado verdoso e interminable, donde animales de granado se alimentan de exquisiteces inexploradas. Allí es cuando mis ojos se encuentran con el eterno espejo que se halla en lo más ato de nuestro razonamiento. Un vidrio con dos géminis; el transparente que nos ayuda a mirar más allá, y el reflector que muestra nuestros pensamientos más secretos. Y así con mis ojos en esas montañas forradas en azul, el peso de mis conocimientos comienza a desvanecerse rápidamente. Una brisa parece menos ligera, y de un momento a otro una sonrisa adorna mi rostro como el más bello velo afgano.