Contaré, no, reprocharé lo que oí de por ahí.
Un alcázar de condenación que se acrecenta junto a una Academia que posee jardines de infinidades que rodean a su héroe,
que no lo reconocen,
que caminan con Academos y le bailan y le cantan y le hablan.
Gentes con entendimientos de Agustinismo hipócrita que hablan de Dios con agnosticismo y que lo evocan con recelo.
¡Mejor vayan a ser escolásticos!
¡Mejor aclaren sus dudas con Tomás el Santo!
Qué digo, ¡perdonad...! Si deben hablar con Gorgias, quién les dirá, quién les contará del escepticismo,
que muy mal lo conocen,
que no lo instruyen en sus designios de esclavos.
Pues son ingenuos, pues son ignaros de todo,
pero piensan, mas bien intuyen, que con objetivismo descubren nuestro arché,
que es inasequible porque no está presente,
porque el objetivismo demuestra lo no absoluto que es la verdad única.
Iban a llorar descalzos en lo oscuro,
con murallas de rasillas y con un paredón flotante.
En la alegoría de la caverna lamentaban su Raison d’Etre e intentaban una catarsis fraudulenta que no funcionaba,
que era rechazada por el mundo de las Ideas,
porque falsaron el apolíneo y traspasaron el dionisiaco,
porque se creían brillantes,
porque se creían fiesteros.
Así como los estoicos burlados en el puerto,
leían parábolas filosóficas que forman con ideas Platónicas que crecen en mundos griegos.
Porque les contaban que su anima estaba manchada,
que con ascetismo se desprenderían, que con filosofía se desprenderían,
lejos de ideas fornicadas
y de recelos ambulantes
y de palabrerías basurales
y de gulas ambientales
y de tesoros mimesiantes.
Así hasta hallar la verdad real.

