Te visité ayer por la tarde, toqué el timbre de tu departamento pero no contestaste. Fue extraño, sabes bien que te visito a la misma hora cada semana. Intenté una y otra vez, pero nada. Decidí volver una hora más tarde, pensé que quizás te dieron ganas de tomar un baño frío como lo sueles hacer después de tus caminatas por el bosque y no escuchaste el sonido del timbre. Bajé las escaleras y aún podía reconocer tu aroma impregnado en los peldaños. Ese olor a cigarros cubanos y a un licor derivado del martini. Miré hacia atrás; podías encontrarte detrás de mí. No estabas, ni siquiera tu aroma pareció incrementarse en ese segundo. Giré en mis talones y continué mi camino hacia la salida. La luz de la calle me frenó inesperadamente. Era ese destello blanco y refrescante proveniente del sol; muy diferente a tu vivienda abandonada entre las paredes húmedas y mohosas de granito. Jamás comprendí cómo es que lograbas adaptarte a lugares tan marchitos, pero creo que siempre acepté que combinara con tu personalidad siniestra. Llegué a la siempre concurrida calle y miré a mí alrededor. De alguna manera me sentí ajena al mundo exterior; seguramente lo tenebroso de tu mundo me contagió insanamente. La mujer con sombrero de plumas lila que pasea a su can, el hombre que vende periódicos en la esquina de Barkey & Fritz, el niño que compra helados al heladero del ojo marchito y el artista cautivo que ingresa a su limosina; todos extraños. Doblé a la izquierda, dispuesta a dar una vuelta por los alrededores y quizá tomar un café donde nos gustaba ir en nuestros primeros encuentros. Cuando iba concentrada en un bebé que lloraba porque su cascabel había caído al cemento y cuando estaba a punto de dar mi tercer paso, alguien me sujetó firmemente del brazo. Me di vuelta asustada; habían muchos asaltantes en esta última década. Eras tú; tú y esa sonrisa varonil y estafadora. Di un suspiro de alivio, feliz de encontrarte allí frente a mí. Me pediste perdón por tardar a nuestras acostumbradas citas en su departamento, pero sonreí sin rencores.
Miraba tu rostro mientras me encontraba sentada en tu cama, un colchón tan duro del que siempre me quejé. Estabas preparando un café, con un cubo de azúcar ficticia para cada uno, preocupado por no perder el aroma de los magníficos granos exportados desde Colombia. Yo solamente te observaba, a ti y a tu camisa sucia y algo rota, tus zapatos manchados en algo similar a un barro ligero, y a tus pantalones negros y arrugados. Hasta tu cabello estaba desorbitado; el negro azabache que dominaba a otros cabellos del mundo se encontraba sucio y daba la impresión de encontrarse canoso. Me entregaste el café y me quedaste mirando curioso, esas pausas que exageras demasiando, no intentando encubrir tu observación hacia el anfitrión. Pero esta vez no me intimidaste, me encontraba penetrantemente hundida en tu rostro. Siempre magníficamente apuesto y pálido, ahora estabas tan ajeno como la gente de la calle. Tu piel comenzaba con una línea roja apenas cicatrizada que cruzaba tus cejas, continuando por el levantamiento burdeo que rodeaba la parte baja de tu ojo, tu nariz tenía restos de sangre seca y todo acababa con tus labios partidos en cicatrices furiosas. Era escandalosamente terrible ver lo lastimado que te encontrabas, y más aún ver cómo parecía no importarte. ¿Recuerdas cómo recibí la taza de café con un agradecimiento tímido y tú me preguntaste qué sucedía?
Sin dudar ni tragar saliva nerviosa te pregunté con tristeza, “¿Por cuánto tiempo seguirás metido en eso?”
“¿Por cuánto tiempo seguirás en lo tuyo?”
Odiaba como te burlabas de mis preguntas serias con una sonrisa infantil, más aún porque tenían la razón. Sabía que no podía exigirte que te alejaras de tus camaradas y renunciaras a todo, sabía que era imposible tanto como por tú parte como por la de quienes te mandaban. Aunque no era la primera vez, ni la segunda, que te veía en esas condiciones, no podía evitar sorprenderme cada vez. Jamás me pediste ayuda, jamás te vi moribundo o sufriendo por problemas personales, jamás te vi caer bajo. Eso me preocupaba, sabía que eras como yo; evitamos exponer nuestros sentimientos pero amamos que nos complazcan con entendimiento. Creo que por eso nuestras reuniones pasaron a ser encuentros amistosos, siempre conversando y tomando un café antes de compartir algo más. Te sentaste junto a mí y terminaste con calma tu café. Dejé mi taza sobre la pequeña cómoda, pobremente adornada con una lámpara de madera astillosa, y me saqué la chaqueta. Todavía recuerdo el calor de cuando pusiste tu mano sobre mi pierna, no me miraste, pero hablaste sonriendo.
“Déjatela.”
Me confundiste con tus palabras, no entendía por qué querías que no me desvistiera. Creo que ese momento fue el más suspensivo de mi vida, en especial cuando te paraste del colchón y rebuscaste algo que estaba dentro de la bolsa apoyada junto a tu silla coja. Sacaste una caja larga y rectangular y me la entregaste sonriente. Me dio risa, mi corazón latía intensamente rápido porque no entendía qué querías que hiciera con ella.
“Es tu cumpleaños.”
No quería admitirlo, no quería admitir que nadie jamás me había hecho tan feliz con un regalo. Te miré con desconfianza y reíste con calma. Abrí la felpuda caja y me encontré el delicado collar de brillantes. Tan maravilloso, seguramente más caro que todo lo que nos rodeaba en ese cuarto. Sabía que no tenías problemas de dinero, que podías conseguirte este tipo de cosas así como te conseguiste el mejor auto de la ciudad.
“Servirá para pagar por lo que no te cobraré hoy.” Mirada pícara proveniente de mis ojos. No hablé nada más.
Dijiste que mi rostro estaba pálido y desconocido, que disfrutaste la situación como ninguna. Te burlaste al final del día de que jamás te agradecí el regalo, pero no fue porque no me gustara, sino porque lo amaba. Así fueron las últimas cosas que conversamos, creo que me pongo melancólica al no oír tu voz a estas horas del día. Es extraño no reencontrarnos en tu departamento y en cambio hacerlo en una sala alumbrada y vestida en blanco. Si tan solo pudieras ver lo limpio de este lugar, no te gustaría para nada. En este momento estoy sentada en el escritorio junto a ti, duermes. Te estuve observando hace un momento, te ves tan tranquilo. Los doctores dicen que despertaras en la próxima hora, la operación fue ardua pero lograron manejarla. ¿Qué habríamos hecho los dos si la bala no hubiera atravesado tu entrepierna y en cambio tu parte más intima? Espero que no te queden dolores de por vida, sería complicado.
Ya no me queda más espacio para escribir, no quiero ir a recepción a pedir más papel ya que la enfermera se cuestiona demasiado qué estoy tramando. No puedo decir que me alegro por que estés en estas situaciones, sólo por el hecho de que sé que no meditarás tu trabajo. Apenas estés de pie irás al encuentro de tus secuaces; la próxima vez espero que no te agredan, y de hacerlo, que aprendas la lección. Te vendré a ver por la mañana, ahora debo ir a trabajar. Cuatro citas en lo que queda del día, todo esto se está convirtiendo mucho para mi.
Siempre tuya,
P.L.
P.D.: Llevo puesto el collar de brillantes, gracias.
martes, abril 24, 2007
Profesionales.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 11:08 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Paranoico.
Era un paranoico. Me miraba sin razón y comenzaba a gritar, una y otra vez; sonidos interminables. Recuerdo como la primera vez me paré y caminé hacia él para intentar calmarlo; no lo logré. Cubrió sus oídos con ambas manos, parecía querer aplastar su cabeza con las palmas, pero no sucedía. Al momento que sujetaba su cabeza, comenzó a balancearse de adelante hacia atrás, sin si quiera detenerse. Ojos abiertos, parecía un pez fuera de agua, queriéndose saciar de aire contaminado. No sabía qué hacer, no comprendía por qué me tenía miedo, a mí, su fiel secuaz en épocas de locura. La enfermera me dijo la razón, me contó como es que después de la muerte de Francisco comenzó a tener sueños despierto, y de un momento a otro, el mismo no sabía ni quién era. Ella dijo que era normal, que esas cosas siempre pasan; pero no a él, no. Me reí, lo conocía desde niña, era el hombre más cuerdo y razonable que jamás conocí. Recuerdo como íbamos todos a pescar al muelle; sí, con Francisco también. La primera vez que vi como sacaban al pobre animal de su ambiente, tirándolo a las tablas mohosas del suelo dejando que muriera, comencé a llorar interminablemente. Entonces se me acercó él, maduro como siempre, tocó mi hombro y sonrió. Aunque mis ojos estaban cubiertos de líquido lagrimal y veía todo borroso, recuerdo su sonrisa plena, tranquilizadora. Tomó al pez de la cola y lo arrojó de vuelta al mar. Siempre con esos pequeños gestos, con esas pequeñas alegrías con tal de no verme llorar. Pero ahora era distinto, esta vez fui yo quien se sentía con el deber de protegerlo. Su cuerpo temblante, balanceándose como un niño sin sentido. No quería sentirlo, pero me dio pena, quise llorar, y mucho. Me acerqué nuevamente a él e intenté poner mi mano en su hombro, pero volvió a gritar. Eran gritos casi ahogados, roncos y altos. Pero no desistí, me aproximé más y esta vez logré poner mi mano en su hombro a la vez que le sonreí así como él lo hizo una vez conmigo. Aunque sus ojos miraban al techo y no se fijaban en mi, el grito comenzó a desaparecer lentamente y comenzó a transformarse en risas inocentes, felices.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 11:05 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Bienvenido.
Y me decían bienvenido; sí, bienvenido. Bienvenido a dónde. Mi rostro rígido paseaba por los ojos destellantes y farsantes de mis espectadores. ¿Qué esperaban? ¿Un agradecimiento o quizá unas palabras tranquilizadoras? Podían seguir soñando. ¿Fueron ellos acaso quienes me defendieron cuando fui juzgado por crímenes no cometidos? ¿Fuero ellos quienes me visitaron durante mis años de encierro? ¿Fueron ellos quienes lograron sacarme de esas ruinas? No, no, y no. Pues digo: ¿debería yo convertirme en mártir y responder a mi bienvenida tímidamente? Sí; lamentablemente sí. Elevé mi mano simulando un tembloreo irreal, caminé entre los cubículos y sonreí, simplemente sonreí. Tranquilo, sin hablar, caminando lúcido. Llegué a mi escritorio y me senté. Tuve que llamar a Gabi para que reintegrara mis papeles y cosas nuevamente al vacío escritorio que parecía el lugar de trabajo de un muerto olvidado. Al menos mi tazón para el café seguía frente a mi; sucio, pero ahí.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:58 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Tu perfume de traición.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:51 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Silencio.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:49 p. m. .... ... ** 0
Televisión.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:43 p. m. .... ... ** 0

