jueves, febrero 22, 2007

Relatos de una sociedad.



Alguna vez oí decir: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.” Esas palabras dimanaron de los labios de un hombre, era sabio y único. Palabras bordadas en mi mente, y en la de todos sus auditores. Entonces esas palabras paralizaron una crueldad injusta y despiadada, llenando de afición las mentes iletradas de ciertos espectadores y acusadores. Pero ahora los tiempos han cambiado, y cómo. Historias cubiertas de polvo, cayados sagrados transformados en acero, libros de piedra llevados a papel; todo diferente. Ahí es cuando la gente decide obviar todo tipo de atrocidades pasadas y se hacen la idea, aunque inconscientemente, de que el mundo por fin ha encontrado esa paz infinita y que además es perfecto como una flor en primavera. Pero ocurre algo, algo tan pequeño que ni siquiera afecta al mundo en general, la verdad es que no afecta a nadie. Y este acontecimiento especial se lleva acabo en lugar tan olvidado, un lugar que quedó atrapado en el pasado como si le hubieran caído encima escombros de un terrible sismo. Pero tal lugar no se encuentra sólo, sino que tiene gemelos por doquier idénticos a él en todo sentido.

En esos tiempos me encontraba en donde el pasto es color café y rojizo, y en donde al caminar una ventisca lóbrega recorre tus pies y tú alrededor. Un lugar alguna vez primero, un lugar alguna vez prometido por los grandes, un lugar alguna vez sagrado. Pero cuando aprecié el territorio envuelto en piedras de naturaleza y menesterosos con almas robadas, nada relacionado con santidad se me vino a la mente. Caminando iba por todos los suelos sin dirección cabal, pues la verdad es que desconocía acerca de este extraño mundo que a mi parecer era como un universo de gente traída de la antigüedad. Vi a lo lejos a un hombre con años marcados en su rostro, pero con un aura muy difícil de encontrar en alguien por esos lados. El hombre de los varios mantos ahora anaranjados por la suciedad y de la magnífica barba gris que recuerda a un pastor de las montañas, mencionó un nombre especial. Sus letras formaban Mazar-e-Sharif, y era exactamente en donde me encontraba. Pero más no logré saber, ya que no sólo la desigualdad de lenguajes hizo aparición, sino que la fatiga de aquel anciano por los días de ayuno puro. Lo ayudé a recuperarse, pero por alguna razón mis manos aún se sentían sucias e infantiles. Miraba alrededor y solo veía tristeza y agonía, gente sin ganas de vivir, y otras que ya padecían en agujeros sucios y comunes. Quería hacer algo por ellos, pero sabía que imposible era. Ahora en una colina pública, miles de rostros asesinos, burlescos y cínicos se reunían para su diversión. Qué observaban no sabía, pero lo descubrí al acercarme sigilosamente. Allí, sollozando, cubierta de una manta colorida que evocaba al cielo, yacía una mujer llena de terror y sufrimiento. A su lado un cuerpo alguna vez con dueño, pero ahora solamente carne y huesos cubiertos hasta su totalidad con piedras del tamaño de un puño. Pero aunque ahí se encontraba un hombre olvidado, nadie parecía preocuparse, sino que sus ojos centrados en la mujer arrodillada sobre suelo despiadado. Y comenzó. Uno tras otro, golpes de odio y placer caían sobra la adolorida dama. Grité, tan fuerte como nunca, pero mi voz fue opacada por ignaros que reían ante sus logros. Más y más, la mujer gritaba con desespero, su garganta se desvanecía a medida que sus enemigos le arrojaban rocas dañinas. La mujer moría, lenta y dolorosamente. Yo miraba a los hombres, en silencio. Observaba cómo brillaban sus ojos con una llama vivaz y digna de llamarse demoníaca. Recordaba a ese hombre que alguna vez conocí, recordaba sus palabras de salvación. Pensé si es que ninguno de los asesinos había cometido algún acto impuro, o si es que eran ellos quienes serían recibidos con los brazos abiertos en el día final. Pero la respuesta era simple y obvia, y sólo me dediqué a mirar a los actores, no a la mujer como lo hacía el resto. En estos tiempos, después de décadas, no habló ningún hombre como el de esa vez. Sólo se encontraban órganos vacíos y labios cocidos con espinas. Al final hubo silencio. Pero no de los miles de cuerpos sin alma, sino que silencio proveniente de esa mujer. Mientras ellos celebraban, evocaban palabras de felicitaciones remarcando que habían hecho el bien y que serían aceptados en el infinito, yo por fin miré a la pareja. Ahí, bajo un mar de tierra sólida, se encontraban, por fin en paz. No los abandoné en ese momento, el más crucial de su existencia, sino que estuve allí hasta que llegaran a donde jamás serán juzgados. Jamás los conocí, pero tengo seguridad de que pidieron perdón si es que alguna vez hicieron algo fuera de su juicio, y ahora descansan felices bajo el lecho de Él, ese sin nombre específico, sino que de amor infinito.