sábado, febrero 10, 2007

Magnicida de invierno. [2]


Es de esas sensaciones… De esas extrañas. Sólo podrías reconocerla si la hubieras vivido alguna vez. Porque genial es, y a la vez te ahoga. Es como pequeños cristales de agua, todos cayendo al vacío de tu cuerpo. Te encuentras allí, parado y desnudo. Pero te agrada, quieres más. Imagina que al sentido de las sombras de la noche, te encuentras con los ojos más brillantes y estremecedores que el cielo ha tocado. Esos ojos te miran y persiguen como linces frente a un prado de roedores. Son esos miedos los cuales dan una sensación de éxtasi, y la adrenalina incontrolable. Aún recuerdo con exactitud cada vez que esa magnificencia cubría mi piel y purificad. Pero ese día especial, fue sin dudas el que me llenaría de gloria y momentos abrasadores por primera vez. Hacía frío, tanto que ni si quiera podía diferenciar si es que era día o noche. Mi sueño había sido tranquilo, me acuerdo de haber visto muchas rosas, todas revoloteando a mí alrededor a causa del cálido viento. Y esos sueños calmados, me indican que el momento de la verdad será perfecto; vencería. Marché hacia el encuentro de mi enemigo, caminando por las calles vacías y tristes mientras vestía mi mejor traje; era blanco y puro. Allí estaba, esperándome, con miedo y dudas. Quizá su sorpresa fue al encontrarse con un humano en figura femenina, distinto a como sus servidores alguna ves describirían. Sonreí, pero no de manera amistosa, sino que de la única forma en que sabía hacerlo. Un sutil levantamiento de mis labios rosa, una mirada despiadada pero tan dulce como una cortesana, todo tan inocente, pero el hombre temió. Y sintió miedo, pero no porque yo irradiara tal, sino porque el sabía muy bien cuál sería el final. No lo culpo, no le diré débil. No esperaba que intentara defenderse, ya que bien sabía que mi rapidez y seguridad sobrepasaban los ojos de individuos como él. Con un pétalo tan mortal como el canto de los ángeles, rocé el viento y a mi próximo. Cayó, frente a mis pies descalzos y fríos por el contacto con la nieve condenada y traicionera. Y lo miraba, y él también; pedía ayuda. Compasión es como darle las llaves del mundo a un demoníaco destino, pues es incorrecto y fuera de lo deseado. No importa si yo estaba errónea o no, para la muerte yo era lo divino y exacto. No es arrogancia, es solamente la verdad que había sido educada desde niña. Pues quien me guió en este camino, el hombre más magnífico y sabio que yo había conocido, me indicó que el destino de quien yo quisiera estaría en mis manos de acero. Entonces me decidí, ser juez y dictadora de quien despreciara su vida o la del resto. Pero no a placer mío, pues no me traía felicidad ver como otros hallaban dicha en el paraíso. Cada quien tiene a una persona especial en su mente, esas personas que mientras sonrían opacan todas tus maravillas. Así decidí esperar, calmada y normal hasta encontrarme con ese humano de mi pasado odiado. Mi orgullo continuaba, un juego que sólo yo apreciaba. Uno y otro a la vez, mis ojos lo admiran, mis manos lo disfrutan y mi cuerpo descansa. Pero ese día frío en que mis pies rozaban la nieve, mientras yo observaba a mi proveedor, me detuve un instante. Y es que al verlo suplicando por mi armonía, me hizo desvanecer hacia mi debilidad. Porque sólo hay una cosa que puede vencer al ser que se cree inmortal cuando no lo es. Una enfermedad, tan asesina como mis propias palabras, me detenían cada vez que me exaltaba. Esa angustia de no poder demostrar mi pasión y arte al máximo me angustiaba. Y ocurrió. Observé al hombre mientras se desvanecía, y sin darme cuenta me desvanecí yo también. Sólo se que sobreviví ya que un hombre de casualidades caminaba por el lugar en ese instante. Jamás sabré si hizo bien en acogerme, pues quizá para él y su vida hubiera sido mejor arrojarme al plan que la vida me tenía ya otorgado yaciendo en la nieve. Ahí cambió todo. Las cartas de la vida, como algunos dicen, se convirtieron en dardos que me apuñalaban sin que yo los manejara. El agua, como río y mar, no me acompañaba. El olor a vino y rosas no desaparecía, y por más que frotase mi piel hasta que ardía en pasión, la suciedad permanecía allí. ¿Qué clase de maldición me había encontrado? Era ignorante. Entonces no cabía más pensar que la gente que uno desprecia, a las cuales les creas repulsión y viceversa, tienen razón en cuando te observan e investigan. Pues es así como yo fui alguna vez descrita. Un día de otoño, una mujer de las cuales llevan una década viviendo en este mundo de horror, me miró con ojos de sabiduría y desprecio. Sus palabras tan duras como un clavel en mi piel, me dejaron marcada por siempre. Y ella dijo: “Una Iris jamás será pura bajo gotas de agua clara, sino que su olor y ser crecerán con fuerza y locura. Pero si logras hacer los pétalos de esa Iris cesar, el sol brillará y apocará tus impurezas escondidas.” Lo odiaba. Palabras tan ajenas a mi, ahora no hacían más que viajar en mis sueños y vida diaria. La razón era cierta, y me tomó toda una vida rodeada de muerte y odio para hacer cesar a los pétalos malditos que rondaban mi corazón.

Ingresa a nuestra mafia.


Después de años de conciencias represadas y bulevares escondidos, te encaminas hacia dónde el final te aguarda y satisface. Callados son quienes viajan hasta lo infinito, pues el victoreado es arduo y poco apacible. Mas no debemos temer, los enemigados con la vida no serán quienes te dañarán, sino quienes la viven con pasión y locura. Pasos ligeros y temerosos; casi inconscientes. Te avergüenzas de tu ser, pues te sientes abierta a tan horrendos personajes. Sabes que ellos son descuidados y traicioneros, no como tú, quien abrazas al océano y cautivas al viento. No caes, no te das por derrotada. Es que el placer de sentirte liberal y artera es más grande que una mente cuidadosa y paciente. Pero tu tacón retumba en las paredes de granito encarcelado. El sonido de guerra te apresura y desespera. Es como si tu corazón emitiera un sonido lejos de cualquier sinfonía, y temes que los posibles enemigos sean capaces de perturbarse con él. Precisión no es tu mejor arma, pero logras esquivar los pequeños obstáculos yacentes en el cemento e ingresas al final adecuado. Si la luz no fue suficiente para deslumbrarte, al cruzar la cruda puerta encontrarás a tu serafín escondido. Dudarás que alguna belleza tan extraordinaria pudiese presentarse frente a ti, mas es real. Si irreal fuera, no podrías sentir el calor sofocante que alguna vez cubrió a quienes desataron la furia de Dios en el Cairo. Y te encaminas, llena de energía, sana y vívida; inmortal. Irradias seguridad cual fiel guerrera de olimpo. Hasta el simple guardián que te espera cree que experta y consagrada eres. Y no hablas. Detenida estás, deseas gritar y hacerle al mundo creer que has arribado a la meta; callas. El miedo profundo te llena, como visiones del mandatario héroe que muere en simple derrota. Melodías sin fin, en un mar caprichoso y arduo de seguir, todas dirigidas hacia tus oídos y alma. No logras comprender. Babel se ha presentado frente a ti, creando una barrera de fronteras con tu idealismo. Quieres dudar, llorar y sangrar. Aunque tan complejo sea, comienzas a oír con claridad, llegando a tal punto que puedes ser capaz de responderte a ti misma. Y ese enviado, tu guía y misionero, te da las respuestas; por fin descansas en un edén sintético. Le agradeces sin respuestas, ya que es él quien se convierte en tu esclavo guiador. Haz hallado tus miedos, el mundo se abre ante tus ojos. ¿Regresar y bordar las palabras para cambiar ese pasado que te condena? ¿O prefieres continuar hacia el futuro, sin mirar atrás para no convertirte en piedra y sal? Y la decisión es difícil, pero cualquiera se convertirá en razón de tu existir y fuerza.

El Elegido.


Cadenas lo amarran, intenta correr pero sabe bien que él le ordena no dudar. La noche anterior su fiel secuaz lo lastima con un frío roce, húmedo y con temor. Estrellas de oro son el cambio, estrellas cubiertas en tinieblas. Ahora sólo está, parado frente a la muchedumbre. Aplauden y se burlan, todos cegados por los rumores. Ensangrentado se encuentra, espinas cubren su frente. Su familia intenta ayudar, pero los grandes los detienen. Es condenado a lo mortal, lo hieren y destruyen. Le ordenan caminar, un peso va en sus hombros, tan duro como un infinito mar. La perdición lo observa, sonríe pero no se apiada, mucho menos comparte el placer. La multitud lo sigue, el hombre apenas avanza, pero su fuerza es más grande que la de cualquier otro. Ha llegado a su meta, mas no puede descansar. Lo sujetan sobre lo que ha sostenido durante todo su caminar. Llamas rozan sus extremidades, el dolor es demasiado. Alzado es sobre un cerro cruel. Un bandido parece ser más bondadoso a los ojos de sus hermanos. Ya llegada su hora, noble hombre bendice a sus condenadores. Pide perdón por ellos, al único quien los puede perdonar. Salva a quienes lo maldijeron y éstos recién comienzan a dudar. Dormido está, tanta paz y sólo se ve la luz. Asegurarse deben, una flecha de maldad lo atraviesa, su alma y pena. Ya no hay nada que hacer, todo en silencio está. Pero las maravillas son asombrosas, cielo y tierra se abren, parece Apocalipsis, pero es sólo la tristeza de un padre.

Destino.

¿Llamarías a un Dios que te ordenara cosas lejos de tu juicio? ¿Tomarías un café de alguien que sólo toma vino? ¿Dormirías aquí, sabiendo que de noche esto es una orgía? ¿Por qué no? Arriésgate para ver qué está más allá, qué es lo que la vida tiene para ti. No temas a lo desconocido, pues todo ese mundo es maravilloso. Un simple “no”, puede transformarse en un “si” eterno. Una simple caricia puede convertirse en un último deseo. Sólo camina a lo que se te fue indicado desde el comienzo.

Dolce Infancia

Analizando.
Sabiendo que lo único imposible es evitar lo increíble, caemos en una tentación inevitable. Siendo el deseo nuestra única compañía, lo alejamos con la timidez. Seamos honestos, no digamos que somos indomables, pues nada de eso nos creará confianza. Digamos más bien que no nos dejamos influir por fantasmas. Palabras sin sentido, más qué da. Disfrutamos el momento como si fuese nuestro último encuentro. Obtengamos nuestra fuerza por medio de un solo aplauso, y sonriamos con nuestra cara llena de fervor.



Jugador.
Caminando sin sentido, una ruta de pasión. Florezcamos en silencio, no caigamos en traición. Caminante sin destino, va en rumbo al salón. Golpea ya la mesa, el alcohol le da pavor. Con un solo gesto, es sólo un triste actor. Engaña a su enemigo, le provoca atención. Para continuar asalta ahora la mesa. Los dados van rodando, no hay suerte en su acción. Su mitad yace a un lado, intentado olvidar. Marea de cenizas, perfume de alto mar.




Acto.
Para un poco, respira y mira. Cálmate y no sigas. Siente tu infinito, saborea la intención. Cuando veas una puerta, detente y no entres en ella. Caminemos con sentencia, detengamos el fervor. No mires hacia el lado, mira con atención. Sientes el mundo a tu lado, pero no quieres entrar en él. Calla en un momento, favorece tu andar. Imposible no es la forma, bailarines con corsé. Danzan y te guían, hacia lo que quieres ser.

Noche.
Color negro, luz de plata, viajamos como una estrella, mas no tienes propuesta. Infinito andar, escarcha de primavera, estás vestido como de niebla. Calzas pétalos, sostienen a una flor. Labios fríos, piel canela, cubren esos ojos de algodón. Pero no puedo verte, aunque lo intente con pasión. Frío de noche, me desnivela, ya no puedo avanzar. Tu sonrisa me parpadea, sólo veo un andar. Luz de primavera, distinto solar. Crecer ser maravilla, apenas puedes apostar.