miércoles, julio 04, 2007

Agua granate.



Refinada de rizos rojos—granate—que se movían sinvergüenzas cubiertos por un líquido obsceno que se germinaba de ingredientes inorgánicos. Miró con sus ojos típicamente descritos como zafiros hacia el interior de un bolso enemignado con peta. Retiró sus dedos huesudos que sostenían sobre ellos piedras sangrientas provenientes de Sierra Leona y empuñó su brazo hacia el horizonte para abrir un paraguas combinable a sus zapatos verdosos y escamosos, que dormía inutilizable. Encaminó su verde sable sobre su peluquín bermellón oscuro para que con esto el líquido repulsivo se desviara hacia los extremos consiguientes. Esquivó un lodazal diminuto, víctima de cuántas guerras como crímenes existen, y dio pasos ligeros para trasladarse hacia un lugar desconocido y anodino.

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