martes, mayo 15, 2007

Calabazas.


Caras de calabaza,
naranjas, esféricas, cubiertas en jugosa salsa de ámbar,
adornadas con pulseras y collares de esmeraldas,
juguetean y conversan unas con otras;
con sus vecinas y aliadas.
Sonríen,
pelean con los cuervos que desean invitarlas a cenar y así robar su intimidad;
ríen,
reciben noticias de sus gusanos amigos que visten viscosos abrigos;
saludan al jardinero,
esperando por que no las lleven a trabajar.
Son aún niños, sí,
jóvenes y sin sentido del comercio empresarial.

Miran la carretera,
madera horrenda y perforada,
cubierta alegremente por más vecinas de sociedad mientras sus viudos esperan a cenar.
Van al doctor,
operación facial,
ojos de contacto y narices refinadas, labios con botox y dentaduras emperladas.
Comentan y comentan.
Las más viejas van a clases de cocina,
todas allí se juntan,
las nueras y las viudas.
Pasteles, caramelo, harina;
el olor les fascina.

Cansadas están,
sí, las caras de calabaza,
toman un baño dulce y van a tostar la piel blanca que las acordona.
Solarium, hermoso palacio;
hace mucho calor, demasiado.
Rumores y rumores.
Devuelta en el barrio conversan sobre qué ha pasado.

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