martes, abril 24, 2007

Tu perfume de traición.


Fuiste un depravado, ¿no? Sí, tú lo sabes perfectamente. Te vi esa noche conversando con una mujer de edades olvidadas, escuché por ahí que le llamaban Camille. Observé desde el bar donde nos conocimos; sí, ese donde pedí mi primer Gimlet, me lo compraste a cambio de mi número telefónico. Mis ojos fijados en ti y en tu acompañante, me daba asco. Comenzaste acercándote a ella despacio, tan sigiloso como lo eras en situaciones tormentosas, y continuaste acariciándole sus cabellos. Esos cabellos frambuesa, me desagradaban, pero me desagradaban más porque una vez dijiste que yo me vería bien en ellos. Mis pupilas ardían al momento que rozabas su mejilla rosa con tus dedos gruesos, varoniles. Tu cuerpo iba en desdén, pero te manejaste para lograr juntar tus caderas con las suyas; el acto que más me gustaba. Recordaba esas noches que tus manos me traían con fuerza hacia tu cuerpo como si fuera tuya; odiaba el sentirme tan débil frente a ti. Miraba como tus labios pronunciaban palabras: “...hermosa...” Esas palabras, cómo hubiese deseado que me las dijeras al oído a mi también. Pero no te bastó con llenarla de roces sin pudor, continuaste. Tus labios se dirigían desde su oreja izquierda hacia su mejilla, posaste tus labios allí. Sentí como un líquido puro y desconocido corría una carrera eterna por mi rostro hacía el piso, no quería perder. Tu boca uniéndose con su lengua y labios, ojos cerrados y descompuestos, se los hubiera sacado a ambos de haber estado cerca. Pero no te detuviste, aún no. Tu mano por su espalda al paso de los besos furiosos, distintos a los que vivíamos en noches de lujuria. Una y otra vez, pensaba que era un mal sueño, pero bien sabía que era realidad continua. Por fin se separaron, la miraste a los ojos, sonreíste. Esa sonrisa petulante que engaña a quien la recibe, muy típica tuya. Anotaste su número en tu teléfono móvil, haciéndole creer que la llamarías hoy, mañana, luego. Entonces se despidieron, por fin. Caminaste garbo hacia el bar, me sonreíste. Sonrisa petulante; no, sonrisa triunfante. Besaste mi mejilla, apenas un roce de piel que fue suficiente para erizar los pelos detrás de mi largo y dócil cuello. Te sentaste junto a mí, abrazando mi cintura con firmeza, haciéndome recordar que era de él. Llamaste a Joe, el hombre que siempre nos traía esos cocktails frecuentes, y hablaste con confianza, “Paradise, y un Gimlet para esta dama.” Mis ojos se apretaron inconscientemente; dama, así me llamabas. Me miraste confundido, notaste que mi vista no se despegaba de una marca de labios rojos clavada en tu rostro. Sonreí y removí la molesta mancha con mis yemas mientras hacia un gesto de inocencia que solías decir me era muy adecuado. Posé mi cabeza sobre tu hombro mientras me abrazabas con uno de tus brazos protectores que me hacen desvanecer a medida que nuestra respiración se convierte en una sola. Ese olor, te era ajeno, olía a Camille. Y lo sabía, y reconocía ese olor desde hace un mes; no se te despegaba aunque llegaras a ducharte cada noche. Separé mis labios y comenté distraída, “¿Un nuevo perfume? Es delicioso.”

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