Era un paranoico. Me miraba sin razón y comenzaba a gritar, una y otra vez; sonidos interminables. Recuerdo como la primera vez me paré y caminé hacia él para intentar calmarlo; no lo logré. Cubrió sus oídos con ambas manos, parecía querer aplastar su cabeza con las palmas, pero no sucedía. Al momento que sujetaba su cabeza, comenzó a balancearse de adelante hacia atrás, sin si quiera detenerse. Ojos abiertos, parecía un pez fuera de agua, queriéndose saciar de aire contaminado. No sabía qué hacer, no comprendía por qué me tenía miedo, a mí, su fiel secuaz en épocas de locura. La enfermera me dijo la razón, me contó como es que después de la muerte de Francisco comenzó a tener sueños despierto, y de un momento a otro, el mismo no sabía ni quién era. Ella dijo que era normal, que esas cosas siempre pasan; pero no a él, no. Me reí, lo conocía desde niña, era el hombre más cuerdo y razonable que jamás conocí. Recuerdo como íbamos todos a pescar al muelle; sí, con Francisco también. La primera vez que vi como sacaban al pobre animal de su ambiente, tirándolo a las tablas mohosas del suelo dejando que muriera, comencé a llorar interminablemente. Entonces se me acercó él, maduro como siempre, tocó mi hombro y sonrió. Aunque mis ojos estaban cubiertos de líquido lagrimal y veía todo borroso, recuerdo su sonrisa plena, tranquilizadora. Tomó al pez de la cola y lo arrojó de vuelta al mar. Siempre con esos pequeños gestos, con esas pequeñas alegrías con tal de no verme llorar. Pero ahora era distinto, esta vez fui yo quien se sentía con el deber de protegerlo. Su cuerpo temblante, balanceándose como un niño sin sentido. No quería sentirlo, pero me dio pena, quise llorar, y mucho. Me acerqué nuevamente a él e intenté poner mi mano en su hombro, pero volvió a gritar. Eran gritos casi ahogados, roncos y altos. Pero no desistí, me aproximé más y esta vez logré poner mi mano en su hombro a la vez que le sonreí así como él lo hizo una vez conmigo. Aunque sus ojos miraban al techo y no se fijaban en mi, el grito comenzó a desaparecer lentamente y comenzó a transformarse en risas inocentes, felices.
martes, abril 24, 2007
Paranoico.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 11:05 p. m. .... ... **
Etiquetas: Tesoros
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario