martes, abril 24, 2007

Bienvenido.


Y me decían bienvenido; sí, bienvenido. Bienvenido a dónde. Mi rostro rígido paseaba por los ojos destellantes y farsantes de mis espectadores. ¿Qué esperaban? ¿Un agradecimiento o quizá unas palabras tranquilizadoras? Podían seguir soñando. ¿Fueron ellos acaso quienes me defendieron cuando fui juzgado por crímenes no cometidos? ¿Fuero ellos quienes me visitaron durante mis años de encierro? ¿Fueron ellos quienes lograron sacarme de esas ruinas? No, no, y no. Pues digo: ¿debería yo convertirme en mártir y responder a mi bienvenida tímidamente? Sí; lamentablemente sí. Elevé mi mano simulando un tembloreo irreal, caminé entre los cubículos y sonreí, simplemente sonreí. Tranquilo, sin hablar, caminando lúcido. Llegué a mi escritorio y me senté. Tuve que llamar a Gabi para que reintegrara mis papeles y cosas nuevamente al vacío escritorio que parecía el lugar de trabajo de un muerto olvidado. Al menos mi tazón para el café seguía frente a mi; sucio, pero ahí.

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