
Es de esas sensaciones… De esas extrañas. Sólo podrías reconocerla si la hubieras vivido alguna vez. Porque genial es, y a la vez te ahoga. Es como pequeños cristales de agua, todos cayendo al vacío de tu cuerpo. Te encuentras allí, parado y desnudo. Pero te agrada, quieres más. Imagina que al sentido de las sombras de la noche, te encuentras con los ojos más brillantes y estremecedores que el cielo ha tocado. Esos ojos te miran y persiguen como linces frente a un prado de roedores. Son esos miedos los cuales dan una sensación de éxtasi, y la adrenalina incontrolable. Aún recuerdo con exactitud cada vez que esa magnificencia cubría mi piel y purificad. Pero ese día especial, fue sin dudas el que me llenaría de gloria y momentos abrasadores por primera vez. Hacía frío, tanto que ni si quiera podía diferenciar si es que era día o noche. Mi sueño había sido tranquilo, me acuerdo de haber visto muchas rosas, todas revoloteando a mí alrededor a causa del cálido viento. Y esos sueños calmados, me indican que el momento de la verdad será perfecto; vencería. Marché hacia el encuentro de mi enemigo, caminando por las calles vacías y tristes mientras vestía mi mejor traje; era blanco y puro. Allí estaba, esperándome, con miedo y dudas. Quizá su sorpresa fue al encontrarse con un humano en figura femenina, distinto a como sus servidores alguna ves describirían. Sonreí, pero no de manera amistosa, sino que de la única forma en que sabía hacerlo. Un sutil levantamiento de mis labios rosa, una mirada despiadada pero tan dulce como una cortesana, todo tan inocente, pero el hombre temió. Y sintió miedo, pero no porque yo irradiara tal, sino porque el sabía muy bien cuál sería el final. No lo culpo, no le diré débil. No esperaba que intentara defenderse, ya que bien sabía que mi rapidez y seguridad sobrepasaban los ojos de individuos como él. Con un pétalo tan mortal como el canto de los ángeles, rocé el viento y a mi próximo. Cayó, frente a mis pies descalzos y fríos por el contacto con la nieve condenada y traicionera. Y lo miraba, y él también; pedía ayuda. Compasión es como darle las llaves del mundo a un demoníaco destino, pues es incorrecto y fuera de lo deseado. No importa si yo estaba errónea o no, para la muerte yo era lo divino y exacto. No es arrogancia, es solamente la verdad que había sido educada desde niña. Pues quien me guió en este camino, el hombre más magnífico y sabio que yo había conocido, me indicó que el destino de quien yo quisiera estaría en mis manos de acero. Entonces me decidí, ser juez y dictadora de quien despreciara su vida o la del resto. Pero no a placer mío, pues no me traía felicidad ver como otros hallaban dicha en el paraíso. Cada quien tiene a una persona especial en su mente, esas personas que mientras sonrían opacan todas tus maravillas. Así decidí esperar, calmada y normal hasta encontrarme con ese humano de mi pasado odiado. Mi orgullo continuaba, un juego que sólo yo apreciaba. Uno y otro a la vez, mis ojos lo admiran, mis manos lo disfrutan y mi cuerpo descansa. Pero ese día frío en que mis pies rozaban la nieve, mientras yo observaba a mi proveedor, me detuve un instante. Y es que al verlo suplicando por mi armonía, me hizo desvanecer hacia mi debilidad. Porque sólo hay una cosa que puede vencer al ser que se cree inmortal cuando no lo es. Una enfermedad, tan asesina como mis propias palabras, me detenían cada vez que me exaltaba. Esa angustia de no poder demostrar mi pasión y arte al máximo me angustiaba. Y ocurrió. Observé al hombre mientras se desvanecía, y sin darme cuenta me desvanecí yo también. Sólo se que sobreviví ya que un hombre de casualidades caminaba por el lugar en ese instante. Jamás sabré si hizo bien en acogerme, pues quizá para él y su vida hubiera sido mejor arrojarme al plan que la vida me tenía ya otorgado yaciendo en la nieve. Ahí cambió todo. Las cartas de la vida, como algunos dicen, se convirtieron en dardos que me apuñalaban sin que yo los manejara. El agua, como río y mar, no me acompañaba. El olor a vino y rosas no desaparecía, y por más que frotase mi piel hasta que ardía en pasión, la suciedad permanecía allí. ¿Qué clase de maldición me había encontrado? Era ignorante. Entonces no cabía más pensar que la gente que uno desprecia, a las cuales les creas repulsión y viceversa, tienen razón en cuando te observan e investigan. Pues es así como yo fui alguna vez descrita. Un día de otoño, una mujer de las cuales llevan una década viviendo en este mundo de horror, me miró con ojos de sabiduría y desprecio. Sus palabras tan duras como un clavel en mi piel, me dejaron marcada por siempre. Y ella dijo: “Una Iris jamás será pura bajo gotas de agua clara, sino que su olor y ser crecerán con fuerza y locura. Pero si logras hacer los pétalos de esa Iris cesar, el sol brillará y apocará tus impurezas escondidas.” Lo odiaba. Palabras tan ajenas a mi, ahora no hacían más que viajar en mis sueños y vida diaria. La razón era cierta, y me tomó toda una vida rodeada de muerte y odio para hacer cesar a los pétalos malditos que rondaban mi corazón.
sábado, febrero 10, 2007
Magnicida de invierno. [2]
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 3:59 a. m. .... ... **
Etiquetas: Tesoros
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