domingo, febrero 04, 2007

Guerrero en rojo. [1]


Saber, qué es una leyenda... El misterio dejó de ser un simple tabú, convirtiéndose en realidad constante. De todos los vivientes, pensar que me tocaría a mí era como pensar que el mundo es nuestro más fiel partidario. Y cómo saber que todo lo que era mío sería robado en una simple noche, y más aún, pensar que todo lo mío sería creado en un tiempo más por el culpable de tal perdida. Y entonces ocurrió. Conocí a esa leyenda; en una noche de lluvia la leyenda comenzó a ser parte de mi realidad. El agua no era calmada, cristales de horror caían sobre mi paraguas intentando penetrar mi piel. Pero ahí estaba él. El sonido de las miles de podagras fueron olvidadas, y mis ojos sólo podían ver el espectáculo creado. Un golpe, no, más bien un grito. Ahora sólo silencio. Silencio de esos incómodos, de los que te crean mareos y repulsión. El hombre de la leyenda jamás olvidada, el único ser viviente que podría poseer tanta maldad como agua en un río, me miraba. Esos ojos, de sorpresa y desasosiego, pedían arrancar de la escena para no tener que enfrentarse con los míos. Temor no sentí, pues la sangre que ahora cubría mi rostro y vestuario no era más que una costumbre en mi vida y observación. Aunque ésta ves fue diferente, aunque ésta ves la sangre que me cubría no había sido derramaba por un ser conocido, no sentí espanto. Y mis labios crearon una melodía que yo no pude oír con mis propios oídos, sino que sólo mi observador fue quien logró apreciarla. Y esas palabras lo dejaron helado, detenido y frágil. Ahora comprendí lo que manifesté, y no me avergonzaba. Cómo avergonzarme si era cierto que ese hombre era quien hacía sangrar lluvia. ¿Pero cómo es que palabras tan simples, creadas por una simple mujer, podían tocar al hombre de los mil rostros y millones de vidas? Dejó caer su escudo, facilitando el trabajo de cualquier enemigo, pero nada pasó. Y es que alguien como yo no se dedicaba a quitar vidas, sólo a despreciarlas. Dejando atrás al hombre tras la máscara, me encaminé a mi final sin mirar atrás para ver si él me seguía para acabar con mí ser. ¿Es el destino lo que llaman inesperado y satisfactor? ¿Fue obra de algún Dios o Buda del cielo, el deber encontrarme con el hombre de la noche derramada en sangre en un lugar de paz e ignorancia? Si todo fuese cierto, maldigo al destino, mas agradezco al resultado. La distancia era prudente y obvia, sólo miradas de observación y descuido; quizá desconfío. Fue solo una velada, a insistencia de segundos, en dónde ambos supimos que nos despreciábamos y necesitábamos el uno al otro. Pues con sólo un par de palabras mientras bebíamos alcohol calmante, nuestras vidas dejaron de ser ignoradas, sino que descubiertas a la brisa. Pero una época de odio, rivalidades y distintos pensamientos, era exactamente la época en que el amor jamás debería se hallado. Porque aunque haya sido un engaño, una falsedad de origen, los sentimientos eran ciertos y no una actuación. Solo que esos sentimientos puros no eran quienes detenían las guerras, sino que sus vividores eran quienes lo hacían. Porque guerras y matanzas en desdén no lo eran del todo. Sólo quienes capaces de hacerse llamar legendarios podían cambiar el futuro o crear un pasado propio. Y así era este hombre, transformado en agonía. Un desdichado del destino, encargado a sobrellevar el destino de vida de otros dentro de él. Era cómo si estuviese a punto de desvanecer. Palabras no se pronunciaban, sólo mi mirada a su llegada después de una batalla rompía el crudo silencio. Porque él no tenía calor humano, derramaba nieve, al igual que el color de mi rostro. Si la gente me comparaba con una flor, a él lo comparaban con un pie caminando en un prado floreado; dolía. Pensar que siendo marido y mujer, pareja de la vida, no nos habíamos descubierto en lo íntimo ninguna sola vez, me creaba sensación de pavor. Aunque sólo fue cosa del tiempo, ya que ese día llegó, y no sólo descubrí al hombre de la leyenda, sino que a mi misma en él. Cosas tan simples, pero que delatan tanto. Cabellos, ya rojos por la sangre derramada por sus manos, no eran más que una muestra de cómo su vida era en realidad. Labios, pálidos y uniformes con su piel delicada y casi infantil, pedían consuelo cada ves que se posaban en mi. Esos ojos, si, esos ojos... Tan oscuros a primera vista, pero profundamente claros al encontrarse en ellos. Esos ojos eran los que lo convertían en el mito inalcanzable, y eran esos ojos quienes determinaban cuándo el asesino debía surgir. Pero sobre todo sus marcas. Cicatrices en flor, tan grandes y profundas que llevaban una historia completa tras ellas. Jamás pensé que el abrazar a un hombre sería lo mismo que seguir un mapa de relieves escondidos. Mis dedos entrelazados por esas cicatrices de miel, preguntándose quién las había creado a través de los años. Pero fue solo una la cual me llenaba los ojos de lágrimas sin razón. Una simple línea junto a su arte más vista y temida, una línea que al acariciarla él corría mis manos sujetándolas con aflicción. Lo miraba, a él y a su cicatriz creada por alguien cercano alguna vez a mí. Y lloraba, yo; mis ojos. Hacer el amor se sintió tan desafiante y arduo, pero tan pacífico a la vez. Sabíamos que sería la última vez, y ambos queríamos que durase por siempre. Esas promesas fueron hechas, las cuáles mencionan proteger por siempre, y al final son las únicas que uno recuerda. Y así fue más bien un espectáculo de dolor que un echo de pasión y lujuria. Éramos dos ángeles del mundo, mirándose por última ves, ya que el fin llegaría pronto. Si no lo viera nunca más, desearía que haya ganado algo de mi y que detenga sus manos afiladas por siempre. Si lo veo, aunque sea en su lecho de muerte, desearía perdonarlo por destruir mi vida pasada y agradecerle por entregarme una junto a él. Es que nadie comprendería cómo yo logré enamorarme, si así es la palabra, de la leyenda; de un hombre sin rivales verdaderos, sólo enemigos de odio.

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