sábado, febrero 10, 2007

El Elegido.


Cadenas lo amarran, intenta correr pero sabe bien que él le ordena no dudar. La noche anterior su fiel secuaz lo lastima con un frío roce, húmedo y con temor. Estrellas de oro son el cambio, estrellas cubiertas en tinieblas. Ahora sólo está, parado frente a la muchedumbre. Aplauden y se burlan, todos cegados por los rumores. Ensangrentado se encuentra, espinas cubren su frente. Su familia intenta ayudar, pero los grandes los detienen. Es condenado a lo mortal, lo hieren y destruyen. Le ordenan caminar, un peso va en sus hombros, tan duro como un infinito mar. La perdición lo observa, sonríe pero no se apiada, mucho menos comparte el placer. La multitud lo sigue, el hombre apenas avanza, pero su fuerza es más grande que la de cualquier otro. Ha llegado a su meta, mas no puede descansar. Lo sujetan sobre lo que ha sostenido durante todo su caminar. Llamas rozan sus extremidades, el dolor es demasiado. Alzado es sobre un cerro cruel. Un bandido parece ser más bondadoso a los ojos de sus hermanos. Ya llegada su hora, noble hombre bendice a sus condenadores. Pide perdón por ellos, al único quien los puede perdonar. Salva a quienes lo maldijeron y éstos recién comienzan a dudar. Dormido está, tanta paz y sólo se ve la luz. Asegurarse deben, una flecha de maldad lo atraviesa, su alma y pena. Ya no hay nada que hacer, todo en silencio está. Pero las maravillas son asombrosas, cielo y tierra se abren, parece Apocalipsis, pero es sólo la tristeza de un padre.

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