Comparaba un árbol con una persona, y me aterró la similitud. Desde nuestra infancia necesitamos ayuda para crecer, y desde la nada necesitamos ayuda para existir. Una semilla vegetal no puede nacer sin tierra y agua, una semilla humana no puede nacer sin un hombre y una mujer. Un árbol no puede nacer sin amor, y una persona tampoco. Ambos iniciamos pequeños, luego estrenamos raíces, nuestras preciadas extremidades y luego comenzamos a aumentar en tamaño y forma. Repentinamente vemos la luz, inhalamos el aire y empezamos a vivir realmente. Vemos el día y lo disfrutamos, llega la noche y dormimos bajo su protección con calma y paz. Pasan los años, somos más altos, seniles, inalcanzables. Arrugas y marcas nos cubren a través de los años, hay quienes desean arrojarnos al suelo y haceros daño, pero logramos sobrevivir, respiramos la brisa nuevamente y nos alimentamos de ella. Aprendemos a amar, a albergar a otros en nuestro corazón y cuerpo, sabemos cómo proteger aunque a veces parezcamos frágiles. Pero llega un momento en que se acaba todo, no podemos transigir con lo que nos rodea, ya sea por ser vetustos o por estar enfermos, y repentinamente caemos. Morimos y nos transformamos en uno con el barro, aire y animales... La vida fue hermosa, pero todo acaba. A veces dejamos herederos, un hijo o una semilla de castaño, y es entonces cuando jamás seremos olvidados y volveremos a nacer.
sábado, enero 13, 2007
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