Pero una simple filosofía de antaño me parecía absurda. Si después de tanto viajar, de visitar la gran pirámide de Giza, los restos de los jardines de Babilonia y del templo de Artemis, el monte Fuji, y hasta Machu Picchu, un simple cuadro antiguo y abstracto me era impotente. Por qué me pedían que observara con atención, si simplemente era un conjunto de rayas coloridas. Ni el más magnífico cielo podía ser inferior, ni el más amplio y azul mar podía ser menos maravilloso. Pero, ¿por qué la gente se detenía a observarlo? Entonces lo comprendí. Mis años me habían dejado atrás, mi cabello blanco y gris, ojos gastados cubiertos de vidrio, piel con marcas profundas y oscuras, y mi parada debía ser sostenida por un par de bastones. Pensé que ya nada me asombraría, y mientras por mi mente trayectaban pensamientos de suicidio, ese cuadro fue quien me salvó. Comencé no solo a ver acrílicos coloridos, sino que un color verdadero. Imágenes bordaban mi intelecto, mi imaginación se limitó a ese cuadro de ideas. El artista había dado su vida por su pintura, así como yo la había dado por los paisajes del mundo. Toda esa energía, nostalgia y alegría me embriagó, y sentí que caía en lo infinito. Era tan maravilloso, no quería despertar. Al abrir lo ojos, fue como volver a nacer. Me sentí joven y alegre, tenía ganas de viajar nuevamente, correr por los prados de Irlanda, visitar los cielos del Himalaya y el mar de México. Jamás pensé que algo que se veía tan simple pudiese contener tanto y entregar tanto al observador.
martes, enero 09, 2007
Arte.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 5:49 p. m. .... ... **
Etiquetas: Tesoros
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario