miércoles, diciembre 27, 2006

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“Su nombre era innombrable. Sus ojos claros pero oscuros de misterio. Su piel clara y nívea sin alma. Sus labios rosas demostraban sintonía. Esa simple mujer creía no saber nada, no conocer nada. Pero llegó su día de cambio, debía tomar decisiones. Dejó su corazón y decidió emprender hacia lo que la marcaba. Caminaba ese día, sin sentido ni una guía. Tropezó con una piedra, pero se levantó sin vergüenza. Sentía que si permanecía en el suelo, quieta, sus lágrimas comenzarían a brotar y jamás encontraría tranquilidad. Llegó al final del largo túnel. Comprendió que ya jamás caería, pues el lugar que halló estaba cubierto de luces. Todo era blanco, tan blanco que parecía como si los senderos no se vieran y los árboles desaparecieran en la lejanía. Alguien la aguardaba. Un hombre alto y con una sonrisa peculiar. La mujer apenas podía ver cómo él vestía. Pero no le importó y decidió confiarle su vida. Ella preguntó cómo volvía a casa, y él contestó que debía continuar por el blanco sendero de cemento. Parecía imposible, pero no vaciló. Miró hacia el frente y comenzó su caminata. El hombre no la abandonó, parecía protegerla en su camino, mas no decía nada. El destino parecía utópico, tanta luz lograba sosegar los pasos de la individua. Pero no desistió, caminaba por esa subida, como si el deseo de llegar a casa fuese lo que más le importara. Al fin se detuvo, la mujer juntó sus dos piernas y miró confundida. El camino se había detenido, sólo una puerta se encontraba frente a ella. La mujer se dio vuelta, miró al hombre y preguntó qué sucedía. Él solo movió su brazo e indicó hacia la puerta. La muchacha dudó, pero enseguida abrió la entrada. Pareció cegarse con lo que la abordó. Una luz, más blanca que cualquier otra que hubiese visto, apareció en el segundo en que la puerta se abrió. A la mujer le tomó un minuto para darse cuenta de que tal luz provenía de un cuarto blanco, sin muebles ni cuadros. Sólo se veían dos perillas al final del lugar, apenas se veían las puertas. De un tranquilo golpe, la puerta abierta detrás de la mujer se cerró. Ella se dio vuelta y vio al hombre que la acompañó en todo su recorrido. Le preguntó qué ocurría, por dónde debía continuar. Él le contestó que sólo en una de esas dos puertas se encontraba su hogar. Ella se confundió, no sabiendo cómo sabría cuál de las dos era la indicada, y diciendo que jamás lo sabría. El hombre le dijo que por supuesto que ella sabría cuál escoger, sólo que debía contestar una simple pregunta: “¿Eres feliz?” La pregunta llenó la mente de la chica con nostalgia. Ahora que lo pensaba, jamás se había hecho esa pregunta con tanta seriedad. Tanta seriedad como que si al contestarla hallaría el camino a casa. Todo este tiempo, esa simple mujer creía que su vida no valía nada, que no era feliz. Pero al momento de contestar, tales palabras no salieron de su boca. Miró al hombre fijamente, y sin miedos respondió: “Si, si soy feliz.” La mujer sintió tal alivio que una sonrisa brotó de su rostro, una en mucho tiempo. El hombre también le sonrió y enseguida una de las dos puertas se abrió. La mujer se dirigió hacia ella y entró. Sus ojos se abrieron, su rostro lleno de luz miraban hacia el paisaje. Todo tan bello, todo tranquilo. Pero no estaba sola. Animales y más personas se movían por doquier. Caminaban y conversaban, disfrutaban de su tiempo sin amarguras. El hombre puso su mano sobre el hombro de la mujer y le habló con una voz dulce. “Ésta es tu casa.” La mujer lo miró sorprendida por sus palabras, pero se sorprendió aún más al verlo a él. Por fin la mujer pudo ver cómo él vestía. Todo de blanco, una túnica blanca y limpia lo rodeaba. Dos figuras, parecidas al algodón, brotaban de su espalda. Eran alas, y él, un ángel. La mujer volvió a mirar al paisaje. Una calma invadía su interior, sonrió y comenzó a avanzar. Tantos años pensando que jamás lo hallaría, su hogar, pero por fin, cuando menos los esperó, allí estaba. Su hogar, frente a ella.

Nube.



¿Quién eres?
Sólo puedo especular.
Una simple figura que conmueve,
O la escarcha de día que el aire mueve al andar.
Eres más que un color,
Pues yo digo que no posees alguno.
Tu perfume no se manifiesta,
Éste viaja por el aire en época de tormenta.
Eres dulce, pareces caramelo.
Tan espectacular.
¿Podrían mis ojos engañarme?
Cada vez que observo el edén
Allí te encuentras, pero al segundo ya no estás.
Tan traviesa, provocas el quererte ajustar.
Formas variadas figuras.
No, más bien, formas conmoción.
Tu níveo vestir,
Tu rostro albo.
Todo parece ser preciso,
Todo parece ser calculado.
Mas nada es cierto.
La gaviota nos ha engañado.
Tu silueta se transforma,
Al igual de la mirada de tu observador.
Cuántas fantasías,
Cuántos deseos.
¿Será que te detendrás?
No, mejor deseo que continúes.
Liberando, danzando,
Todo protector a tu lado.