martes, diciembre 26, 2006

Solían llamarle Alejandría



El calor era insoportable, las paredes parecían estar cubiertas en rojo, ardiendo con rabia y vendetta. El humo comenzaba a llenar cada cámara de la Biblioteca, aumentando más, a medida que las llamas rodeaban el templo. Los escolares y templarios se habían recién percatado de tan grande incidente, y hacían lo posible por salvar los tesoros. Pero el museo se encontraba cerrado por el derrumbe de algún pilar en la zona de entrada, los tesoros más importantes de la Biblioteca se encontraban atrapados. Dentro de la cámara aún se hallaba una muchacha que minutos antes, había estado absorta en un maravilloso relato escrito en papiro que hablaba de una antigua reina egipcia y su prohibido amante. Nafretiti había abandonado el papiro en una mesa y ahora intentaba abrir la entrada al museo en que se encontraba. Pero estaba sola, y no tenía fuerza suficiente para remover las ruinas que la retenían. El humo ya comenzaba a ingresar a la habitación, el olor a leña quemada cubría todo el aire. De un minuto a otro se escucharon gritos del otro lado de la cámara.

“¡¿Nafretiti, te encuentras allí?!” Una voz oscura y varonil habló en un tono de alarma, calmando a la abandonada muchacha, quien pensaba que ya nada podría liberarla de una trágica muerte en la hoguera.

“¿Anok Sabé? ¡Si, estoy aquí!” La sacerdotisa dijo sonriente, pero a la vez preocupada por el humo que comenzaba a incrementarse cada vez más. Un ruido de piedras moviéndose se escuchó, y en el segundo en que Nafretiti se echó para atrás, la entrada al museo quedó libre e ingresaron a ella dos sacerdotes y algunas sacerdotisas felices de encontrar a la mujer sana y a salvo.

“¡Debemos irnos! El fuego no tardará en atraparnos a nosotros también.” Anok Sabé tomó a Nafretiti de la mano y la dirigió a la salida rápidamente, pero ella logró soltarse y lo miró incrédula.

“¿Piensas marcharte y dejar estas palabras abandonadas a las llamas?” Nafretiti miró luego al resto de los sacerdotes y sacerdotisas esperando alguna respuesta.

“¡No hay tiempo! Algunos textos ya están a salvo junto con el resto de nuestra familia. Nos esperan en un barco para huir.” Pero la sacerdotisa no escuchó palabra alguna de Anok Sabé, sino que se encontraba recolectando papiros y libros en una cesta. Anok Sabé dio un suspiro de rendimiento y ordenó al resto de los templarios que tomaran sólo un par de textos y que marcharán hacía el barco que los esperaba. Ahora los únicos alejandrinos que se encontraban en la Biblioteca eran ellos dos, una soñadora pero fuerte muchacha, y un hombre sabio como su nombre y dispuesto a dar su vida por quien ama. Intentaron salvar los tesoros que por generaciones han intentado proteger, pero el fuego era mucho, y el derrumbe comenzaba a notarse así como agua en el mar. Sólo lograron llenar dos cestas de mimbre con pergaminos y libros varios, pero aunque no fue suficiente, algo era. Un pedazo de piedra calló del tejado, casi aplastando a Nafretiti, pero ella no tenía miedo, quería continuar su misión. Anok Sabé le rogó que desistiera, pidiéndole que fuera a reunirse con el resto de sus hermanos, que no los abandonara a ellos. Cuando ambos estaban a punto de abandonar la cámara, una vez perfecta e indestructible, repleta con más de doscientos mil libros y tesoros, con palabras sagradas y testimonios inimaginables, Nafretiti se detuvo con un rostro de alarma.

“El libro sagrado.”

No se trataba de ninguna Biblia o documento sobre alguna visión de Dios, sino que el libro más importante que poseía la Biblioteca. Era un libro sin ninguna leyenda y sin ningún relato acerca de Dioses antiguos, era un libro con miles de pensamientos y deseos. En el libro sagrado se encontraban escritos todos y cada uno de los libros que se encontraban dentro de la Biblioteca, los nombres, su autor, y cuándo fueron ingresados al museo. Necesitarían ese libro si deseaban continuar con la misión de la Biblioteca. Nafretiti tomó el gran libro y salió corriendo junto con su amado en dirección hacia las afueras de la Biblioteca. El camino parecía eterno, sus brazos pesaban con las cestas llenas de documentos, sus piernas parecían dormidas por el gran recorrido que debían correr entre pasillos, columnas y escalas de mármol, sus rostros parecían arder con el fuego y humo que los rodeaban. Estaban alarmados, por un segundo pensaron que no podrían escapar, pero la pasión que sentían por proteger las enseñanzas de la Biblioteca, eran más que su propio cansancio. Por fin lograron divisar alguna luz que les anunciaba que la salida estaba cerca. Recorrieron el último pasillo y una imagen tan terrible como el propio infierno los rodeó. Las calles se encontraban en llamas, habían cadáveres y gente agonizando por doquier. Nadie al ser capturado por los cristianos lograría sobrevivir, la sed de matanza se convertía en un éxtasi, y el amor por Dios se convertía en un odio por el enemigo. Los dos sacerdotes miraban asustados el acontecimiento, veían como sus amigos y familiares morían por las llamas, junto con sus más grandes tesoros, juntos con el único propósito que tenían sus vidas. Anok Sabé tomó a su amada de la mano y la dirigió a un camino oculto tras unos cerros de arena y filas de palmeras. Nafretiti estaba cegada, sus ojos sólo estaban concentrados en la visión que acababa de ver, la gente muriendo y pergaminos sagrados en llamas. La muchacha ni se dio cuenta de cuando llegaron a las orillas del río, ni cuando Anok Sabé la ayudaba a subirse a un barco repleto sacerdotes y escolares. Anok Sabé fue el último alejandrino que abordó al barco antes de que comenzara a alejarse de Alejandría para siempre. Todos los sacerdotes y escolares de la Biblioteca observaban su pasado, toda su vida ahora tras las llamas, pensando en que estaban arruinados. Anok Sabé logró hacer reaccionar a Nafretiti, quien lo miró con suma tristeza. Pero en esos momentos decidió permanecer con calma, miró a sus hermanos y les sonrió. Luego continuó mirando, y se dio cuenta de algo terrible.

“¿Dónde esta el Supremo Sacerdote?” Nafretiti preguntó intentando divisarlo entre los rostros llenos de sudor, tierra y miedo.

“Quedó atrás. Su edad no le permitió huir de las manos de nuestro enemigo.” Anok Sabé le dijo con tristeza. “Eso te convierte ti en la encargada de la Biblioteca. Eres la única con sangre real en este barco.”

“Nafretiti, tú eres la nueva Suma Sacerdotisa, por favor indícanos qué hacer.” Una sacerdotisa dijo con voz temblorosa.

“Nos marcharémos, lejos, muy lejos.” Nafretiti dijo con el fuego de la Biblioteca reflejado en sus ojos mientras navegaban por las aguas. “Crearemos una nueva Biblioteca. Pero esta vez, nadie sabrá de sus existencia, solamente quienes realmente sean capaces de mantener el juramento antes de nada. Gracias al Libro Sagrado, sabremos qué textos poseemos y cuales no. Comenzaremos de cero, comenzaremos una nueva vida, una nueva enseñanza y un nuevo legado. No dejaremos que Theodosius destruya lo que hemos tratado de proteger y crear durante tantos años, sino que nos enfrentaremos, aunque sea desde lo más desconocido del mundo.”

“¿Sobreviviremos?”

“Sólo si permanecemos unidos. De esta manera, el mundo jamás olvidará qué es la Biblioteca.”

“La cartas de Santa María Magdalena, las recolectamos todas, aquí están.” Un hombre le entregó las cartas escritas en un antiguo papel a Nafretiti.

“Protegeremos nuestros tesoros.” Nafretiti tomó las cartas firmemente, como si se trataran de su propio bebé. “Nadie volverá a quitárnoslos de nuestras manos. Nadie volverá a destruir la Biblioteca de Alejandria.”
La Biblioteca de Alejandría era la más grande del mundo. Un lugar de enseñanza y aprendizaje. Un lugar en que a través de palabras, se escondían tantas cosas. La Biblioteca fue visitada por personas de todo el mundo, todos quienes desearan compartir algo con ella. Pero un día todo cambió. El fuego, el odio y el miedo se hicieron cargo de la Biblioteca. Los tesoros de la Biblioteca más grande del mundo desaparecerían por siempre. Los sacerdotes y sacerdotisas jamás pensarían que lo que lograran salvar aquella noche, sería los últimos documentos de la Biblioteca de Alejandria. Theodosius ya había condenado a muerte a los cientos de egipcios que intentaban proteger su legado. Los cuerpos y textos de la Biblioteca eran arrojados a las llamas, quemados todos en un solo cuerpo. Los cristianos miraban la hoguera con placer y orgullo. Quienes escaparon se escondieron, quienes escondieron desaparecieron. Lo cierto es que los alejandrinos decidieron proteger sus tesoros, los tesoros del mundo, lejos de mentes egoístas y sin ganas de aprender y enseñar. Sólo quien tenga deseos más grandes que el placer propio, podrá descubrir y visitar la Biblioteca de Alejandria una ves más, sacada de las cenizas y reconstruida a mano por sus herederos.

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