jueves, diciembre 28, 2006

Una caja roja.



Hace tiempo encontré una pequeña caja. Era roja y echa de cartón. La miré confundida, pues no sabía a quien pertenecía. La sostuve con mis manos y la levanté. No pesaba, pero no era completamente liviana. La abrí con muchas dudas, no sabiendo qué iba a pasar. Dentro de la caja había una pluma, blanca como de paloma. Confundida la miré, decidí tomarla con mis dedos. Me llevé una sorpresa; la pluma pesaba. Mucho no era, pero fue extraño, no lo entendía. Quise quedármela pero desistí. La dejé en su caja y partí. Hoy volví a encontrármela, la pequeña caja. Me acerqué a ella y la abrí. Ya no había una pluma, sino que dos. Extraño fue, pero más aún cuando junto a las plumas había un trozo de papel. Decía un nombre, nada más. No comprendí bien, pero tomé la caja y volví a casa. En el camino a mi hogar, me encontré con un hombre, el cual también tenía una caja similar a la mía. Me miró con dudas y dijo mi nombre en tono de pregunta. Entonces comprendí. Recordé el nombre escrito en el papel y se lo dije en el mismo tono. Me sonrió y se me acercó. Intercambiamos cajas y ahora él se encuentra sentado en mi sofá tomando una taza de café mientras yo escribo esta historia.

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