“Él paraba un autobús sin destino alguno.” Con solo verlo una vez, fue suficiente como para no olvidarlo nunca más. Cómo olvidar su figura, simple pero capaz de cautivar cualquier mujer que se topase con él; cómo olvidar su cabello, tan masculino pero a la vez delicado y sensible cuando es rodeado por el cálido viento; cómo olvidar su rostro, moreno y apuesto, tan salvaje y único como si viniese de una lejana y antigua civilización; y cómo olvidar su sonrisa, esa que es tan dulce y a la vez sensual, tan varonil y atractiva. Debo admitir que me enamoró en el segundo en que mi vista se fijó en él. Mientras me acercaba al paradero, lo observaba en cada detalle; cuando prendía un cigarro, cuando le cedía su asiento a una anciana mujer; cuando sonreía a los pequeños niños de la escuela. Parecía estúpida, mirándolo como una adolescente con su primer amor. Yo permanecía parada allí, junto con las demás personas que esperaban el autobús. Todas iguales, todas tan sencillas. Pero ese hombre, ese desconocido, fue capaz de resaltar del resto. El autobús llegó a su paradero, y finalmente el desconocido debía marchar. Por un segundo, tan pequeño pero suficiente, sentí que él me miraba. Sonrió como para decir adiós y subió al autobús. No volví a verlo jamás, y tampoco deseo hacerlo. Fue como uno de esos ángeles que cuidan de ti, pero que jamás debes tener una relación directa con ellos, sino soñar y saber que donde estén, te protegen y aman.
martes, diciembre 26, 2006
Desconocido
“Él paraba un autobús sin destino alguno.” Con solo verlo una vez, fue suficiente como para no olvidarlo nunca más. Cómo olvidar su figura, simple pero capaz de cautivar cualquier mujer que se topase con él; cómo olvidar su cabello, tan masculino pero a la vez delicado y sensible cuando es rodeado por el cálido viento; cómo olvidar su rostro, moreno y apuesto, tan salvaje y único como si viniese de una lejana y antigua civilización; y cómo olvidar su sonrisa, esa que es tan dulce y a la vez sensual, tan varonil y atractiva. Debo admitir que me enamoró en el segundo en que mi vista se fijó en él. Mientras me acercaba al paradero, lo observaba en cada detalle; cuando prendía un cigarro, cuando le cedía su asiento a una anciana mujer; cuando sonreía a los pequeños niños de la escuela. Parecía estúpida, mirándolo como una adolescente con su primer amor. Yo permanecía parada allí, junto con las demás personas que esperaban el autobús. Todas iguales, todas tan sencillas. Pero ese hombre, ese desconocido, fue capaz de resaltar del resto. El autobús llegó a su paradero, y finalmente el desconocido debía marchar. Por un segundo, tan pequeño pero suficiente, sentí que él me miraba. Sonrió como para decir adiós y subió al autobús. No volví a verlo jamás, y tampoco deseo hacerlo. Fue como uno de esos ángeles que cuidan de ti, pero que jamás debes tener una relación directa con ellos, sino soñar y saber que donde estén, te protegen y aman.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:23 p. m. .... ... **
Etiquetas: Tesoros
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario