Huelo a fuego, acabo de entrar en una taberna sucia y penumbra. La gente me mira con rechazo y desconfianza. Cuánto tiempo llevo allí, no tengo idea. Las horas parecen eternas mientras esos pocos, pero suficientes, rostros me hielan hasta lo más profundo. Me acerco a la barra, me atiende el hombre de la cicatriz que cruza su ojo, de esas que describen en los cuentos y muestran en las películas. Sus labios secos como el desierto y partidos como un pedazo de escrito que fue rechazado, me hablan en un tono sin voz. Ordeno mi bebida, aunque sin estar muy seguro si el brebaje está en todas sus condiciones. Me lo tomo de un trago; es algo fuerte, así que necesito un cigarro. Lo enciendo y el humo aparece en un instante, tan rápido como un incendio del bosque. La habitación está llena de humo, el olor a ceniza me penetra cada vez más. Ya no puedo resistirlo, me ahoga y marea, los clientes de la taberna se ven borrosos, como si capas de vidrio roto cubrieran mis ojos. Me siento algo mareado, vuelvo mi vista a mi vaso vacío intentando enfocar. Ordeno otro sin dudar. Ya va mi séptimo y aún siento que puedo más. La intriga me mata, parece como si fuese una competencia conmigo mismo. Observo nuevamente la taberna, ya no me miran de mala manera, me sonríen, me siento bien, con calma. Mi octava bebida fue mi última, la serenidad me rodea y no siento que deba beber más. Me paro y pago al cantinero, sin antes hacer una pequeña maniobra intentando no dejar caer mi billetera. Me doy vuelta y comienzo a caminar. Mis pasos son livianos, la verdad, apenas sé si mis pies tocan el cemento. Intento caminar derecho, mas no puedo, parece como si una soga se enredara entre mis piernas. Casi choco con una silla, pero logré sujetarme antes de su gemela. He llegado a la puerta, la fuerza no es suficiente como para darme vuelta y mirar a todos esos individuos una vez más. Alguien abrió la puerta antes que yo, una brisa helada y conmovedora me rodea. Siento que puedo volar, pero sé que todo es una fantasía. De un salto, aparezco fuera de la taberna. Una ventisca helada y unos pocos copos de nieve comienzan a brotar rodeando mi cuerpo. Veo un taxi y lo llamo, el conductor me parece extraño, su rostro lleno de vil me observa por el retrovisor. Doy mi dirección y vuelvo a casa, más no recuerdo. Mañana iré a la ciudad y volveré a ingresar a uno de esas tabernas desconocidas para mí, que tanto me gustan. No conozco el ambiente, ni la gente en ella, pero un par de bebidas y todo vuelve a lo normal.
jueves, diciembre 28, 2006
Crónicas de otro alcohólico
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 1:45 a. m. .... ... **
Etiquetas: Tesoros
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