sábado, diciembre 30, 2006

Alma gemela.


Se dice que toda persona lo posee. Su alma gemela. Alguien como tú, mismos pensamientos, mismos sueños, mismos placeres. ¿Pero que sucede si jamás logras hallarla? ¿Qué sucede en ese caso? ¿Mueres? ¿Jamás lograrás ser feliz? O será que quizá toda alma gemela está destinada a emparejarse con la suya en el edén. ¿Será entonces cierto que la única oportunidad de felicidad es bajo el lecho de la muerte? ¿Tanto debemos ilusionarnos para eso? Y en caso de hallar a la indicada alma en esta vida, ¿cómo estás seguro de que ésta es la que te pertenece? Tantas dudas que desearíamos aclarar... ¿Pero como hacerlo?

La emprendedora


Desfallecida se la lleva el viento. Descalza caminaba por la arena sin conocimiento de lo sucedido. Sus medias tiradas en el paso al momento en que sus sueños fueron robados. Le preocupa su pasado, la persigue su dueño. Lágrimas oscuras rodean su mejilla pero ella se resigna, se resigna a arrojarse hacia el lado. No se da cuenta de haber extraviado un amigo, tampoco un amante. Iba al paso del mar, su cabello sonrojaba la marea. Dos hombres la frenaron en su andar, inmovilizada permaneció sin sentido alguno. Será que las luces la cegaron o que ella misma se extravió en su bulevar. Nada volvió a ser similar, la metamorfosis fue deliberada y frágil, pero llevándola hacia su destino. Calló deprisa, tirada ahora se condolecía. Nadie que le diera refugio o firmeza. Al final halló consuelo, en mudez miraba hacia el horizonte y sus labios carmín la guiaban hacia su próximo mañana.

Crónica de lo que es estar enamorado…



Enamorado… No sé lo que es estar enamorado. ¿Pensar en ti cada segundo de mi vida? ¿Sentir un malestar, que es peculiarmente agradable, en mi estómago cada vez que oigo tu nombre o veo algo tuyo? ¿O quizá podría ser el relacionar automáticamente cada objeto, cada aroma y cada color con tu rostro, pelo y manos? Todo lo escrito podría sonar como un simple cliché, y en este punto todo lo escrito sería en vano. Pero las palabras que acaban de salir de mi lápiz, son palabras verdaderas, palabras con significados, palabras de amor. La razón de por qué son iguales todas las posibles respuestas a la incógnita de lo que es amar, que he escrito aquí, es por al simple razón de que todos sentimos lo mismo respecto a qué es el amor. Quizá nunca seré lo suficientemente valiente como para enfrentar mis miedos, correr hacia ti y decirte que te amo, pero seguiré escribiendo, plasmando estas palabras en mi cuaderno, hasta que tenga la fuerza de confesarme contigo, con la persona que amo. A veces pienso que no es necesario el expresarse verbal y oralmente en el tema del amor. Pienso que lo único necesario es una simple mirada o una sonrisa de felicidad. Pero a la vez pienso que eso no es posible. ¿Cuántos de nosotros pensamos?: Me está sonriendo, pero ¿confiará en mí, me amará? Me rindo, al final del día descubro que necesitamos esas dos simples pero difíciles palabras... Esas palabras que hacen sentirnos seguros y protegidos. Esas dos palabras que son te amo.

Que pasaría…

¿Qué pasaría si…? Una frecuente pregunta que nos cuestionamos todos los días en nuestras vidas. No importa la situación o circunstancia en que nos encontremos, ese simple “tal vez” o ese común “¿y si…?”, nos motiva a imaginarnos cómo sería nuestra vida de otra manera.
¿Qué pasaría si cada vez al dormir, soñásemos con todas las fantasías que anhelamos soñar? ¿Qué pasaría si en vez de haber descubierto el fuego hace millones de años, el hombre primitivo hubiese descubierto la manera de volar? ¿Qué pasaría si no nos comunicáramos con palabras ni gestos, sino que con tan solo una simple mirada? ¿Qué pasaría si todos los seres humanos que habitamos este mundo, fuésemos iguales físicamente? El mismo cabello, los mismos ojos, los mismos labios, el mismo cuello, los mismos lunares, las mismas manos y los mismos pies. ¿Cambiaría de alguna manera nuestra forma de ser, o continuaríamos siendo las mismas personas con los mismos ideales? ¿Qué pasaría si por fin se acabaran todas las guerras que existen en este mundo? No más batallas ni discusiones, solo paz y tranquilidad. ¿Duraría para siempre? ¿Sería completamente favorable, o de alguna manera perjudicaría nuestra existencia? ¿Qué pasaría si pudiésemos sentarnos junto a Dios en la terraza de nuestra casa y conversar con él, mirándonos cara a cara, acerca de lo que se vive actualmente en el mundo? ¿Qué pasaría si al caminar cincuenta kilómetros, nuestro cuerpo no se cansara y pudiéramos continuar nuestro recorrido? ¿Qué pasaría si pudiéramos comunicarnos con los animales y ellos con nosotros? ¿Qué pasaría si cometiéramos errores y fuésemos capaces de volver al pasado y cambiarlos? ¿Qué pasaría si todos los días las cosas nos resultaran de la manera que queremos? ¿Lograríamos finalmente encontrar la felicidad que tanto deseamos obtener? ¿Qué pasaría si no nos ahogáramos en el agua, sino que pudiésemos respirar en ella? ¿Qué pasaría si conociéramos el espacio y todos los planetas en él? ¿Qué pasaría si no nos quemáramos con las llamas, pero en cambio sintiéramos placer y calma? ¿Qué pasaría si los peces caminaran por la tierra y las aves nadaran en el mar? ¿Qué pasaría si encontráramos la solución a tantas preguntas sin respuestas, a todas esas interrogantes que nos preguntamos día a día pero que nadie se atreve a responder?
¿Qué pasaría? Creo que nunca lograremos encontrar el significado exacto a todas nuestras interrogantes, pero por esa razón existe esa apreciada posibilidad del “que pasaría”.

Hallando el Nirvana



Iban y volvían. Camaradas de lo infinito. La fascinante ascendía en el elevador hacia el nirvana. La luz resplandeció, debía abandonar su cuartel. A pasos ligeros camina por la galería. Su taco aguja acaricia el solar. Un carismático la encuentra y la invita a pasar. Coqueteo en un flash, el camarín ya abierto está. Unas copas de vodka, qué podía pasar. Le acaricia el cabello, ella su espalda. Conversación forzada, actos seguidos al rato. Todo acabó, cigarros se encienden, la llama se apagó. La cuestiona con ganas, su ambición lo amarra. Dama de negro solo conservaba un arete. Lo perdió en una fiesta de la que ya ni recuerda. Horas atrás, cuando el tiempo parado se sentía. Su mente se esfuerza, palabras debe bordar. Pero el recuerdo es ambiguo. No sabe como explicar. Un cautivador la embriagó, gelatina rosa según rememora. Poco genial fue esa vez, llevados por el desdén. Sus labios estaban quebrados, su beso voló robado. Despertó de lo profundo, dormía en el umbral. Se adentró un poco y ascendió en el elevador hacia el nirvana.

jueves, diciembre 28, 2006

Algodón rosa.



¿A qué le temes sentada allí? Sola ella camina por una avenida. Toma un taxi. Retrovisor refleja escape. Se ve a un conductor con deseo, pero comprende que debe aguardar. Parada desconocida, se baja y camina. Su nombre le hacía compañía. Dama de noche le llamaban. Tiene un pétalo en sus manos, lo acaricia con desdén. Llama a una puerta, fluctúa pero continúa. Cierra sus ojos, ve oscuridad. Se deja llevar por la pasión. Rojo en vida, perlas caen. Muchacha en traje regresa a caminar. Cobra su recompensa, pero no se siente satisfecha. Prende lo desconocido y vaga por la ciudad. Refleja ternura cual simple mujer, mas engaña al observador. Inquieta muchacha toma un taxi y vuelve a casa.

Una caja roja.



Hace tiempo encontré una pequeña caja. Era roja y echa de cartón. La miré confundida, pues no sabía a quien pertenecía. La sostuve con mis manos y la levanté. No pesaba, pero no era completamente liviana. La abrí con muchas dudas, no sabiendo qué iba a pasar. Dentro de la caja había una pluma, blanca como de paloma. Confundida la miré, decidí tomarla con mis dedos. Me llevé una sorpresa; la pluma pesaba. Mucho no era, pero fue extraño, no lo entendía. Quise quedármela pero desistí. La dejé en su caja y partí. Hoy volví a encontrármela, la pequeña caja. Me acerqué a ella y la abrí. Ya no había una pluma, sino que dos. Extraño fue, pero más aún cuando junto a las plumas había un trozo de papel. Decía un nombre, nada más. No comprendí bien, pero tomé la caja y volví a casa. En el camino a mi hogar, me encontré con un hombre, el cual también tenía una caja similar a la mía. Me miró con dudas y dijo mi nombre en tono de pregunta. Entonces comprendí. Recordé el nombre escrito en el papel y se lo dije en el mismo tono. Me sonrió y se me acercó. Intercambiamos cajas y ahora él se encuentra sentado en mi sofá tomando una taza de café mientras yo escribo esta historia.

Crónicas de otro alcohólico


Huelo a fuego, acabo de entrar en una taberna sucia y penumbra. La gente me mira con rechazo y desconfianza. Cuánto tiempo llevo allí, no tengo idea. Las horas parecen eternas mientras esos pocos, pero suficientes, rostros me hielan hasta lo más profundo. Me acerco a la barra, me atiende el hombre de la cicatriz que cruza su ojo, de esas que describen en los cuentos y muestran en las películas. Sus labios secos como el desierto y partidos como un pedazo de escrito que fue rechazado, me hablan en un tono sin voz. Ordeno mi bebida, aunque sin estar muy seguro si el brebaje está en todas sus condiciones. Me lo tomo de un trago; es algo fuerte, así que necesito un cigarro. Lo enciendo y el humo aparece en un instante, tan rápido como un incendio del bosque. La habitación está llena de humo, el olor a ceniza me penetra cada vez más. Ya no puedo resistirlo, me ahoga y marea, los clientes de la taberna se ven borrosos, como si capas de vidrio roto cubrieran mis ojos. Me siento algo mareado, vuelvo mi vista a mi vaso vacío intentando enfocar. Ordeno otro sin dudar. Ya va mi séptimo y aún siento que puedo más. La intriga me mata, parece como si fuese una competencia conmigo mismo. Observo nuevamente la taberna, ya no me miran de mala manera, me sonríen, me siento bien, con calma. Mi octava bebida fue mi última, la serenidad me rodea y no siento que deba beber más. Me paro y pago al cantinero, sin antes hacer una pequeña maniobra intentando no dejar caer mi billetera. Me doy vuelta y comienzo a caminar. Mis pasos son livianos, la verdad, apenas sé si mis pies tocan el cemento. Intento caminar derecho, mas no puedo, parece como si una soga se enredara entre mis piernas. Casi choco con una silla, pero logré sujetarme antes de su gemela. He llegado a la puerta, la fuerza no es suficiente como para darme vuelta y mirar a todos esos individuos una vez más. Alguien abrió la puerta antes que yo, una brisa helada y conmovedora me rodea. Siento que puedo volar, pero sé que todo es una fantasía. De un salto, aparezco fuera de la taberna. Una ventisca helada y unos pocos copos de nieve comienzan a brotar rodeando mi cuerpo. Veo un taxi y lo llamo, el conductor me parece extraño, su rostro lleno de vil me observa por el retrovisor. Doy mi dirección y vuelvo a casa, más no recuerdo. Mañana iré a la ciudad y volveré a ingresar a uno de esas tabernas desconocidas para mí, que tanto me gustan. No conozco el ambiente, ni la gente en ella, pero un par de bebidas y todo vuelve a lo normal.

miércoles, diciembre 27, 2006

...



“Su nombre era innombrable. Sus ojos claros pero oscuros de misterio. Su piel clara y nívea sin alma. Sus labios rosas demostraban sintonía. Esa simple mujer creía no saber nada, no conocer nada. Pero llegó su día de cambio, debía tomar decisiones. Dejó su corazón y decidió emprender hacia lo que la marcaba. Caminaba ese día, sin sentido ni una guía. Tropezó con una piedra, pero se levantó sin vergüenza. Sentía que si permanecía en el suelo, quieta, sus lágrimas comenzarían a brotar y jamás encontraría tranquilidad. Llegó al final del largo túnel. Comprendió que ya jamás caería, pues el lugar que halló estaba cubierto de luces. Todo era blanco, tan blanco que parecía como si los senderos no se vieran y los árboles desaparecieran en la lejanía. Alguien la aguardaba. Un hombre alto y con una sonrisa peculiar. La mujer apenas podía ver cómo él vestía. Pero no le importó y decidió confiarle su vida. Ella preguntó cómo volvía a casa, y él contestó que debía continuar por el blanco sendero de cemento. Parecía imposible, pero no vaciló. Miró hacia el frente y comenzó su caminata. El hombre no la abandonó, parecía protegerla en su camino, mas no decía nada. El destino parecía utópico, tanta luz lograba sosegar los pasos de la individua. Pero no desistió, caminaba por esa subida, como si el deseo de llegar a casa fuese lo que más le importara. Al fin se detuvo, la mujer juntó sus dos piernas y miró confundida. El camino se había detenido, sólo una puerta se encontraba frente a ella. La mujer se dio vuelta, miró al hombre y preguntó qué sucedía. Él solo movió su brazo e indicó hacia la puerta. La muchacha dudó, pero enseguida abrió la entrada. Pareció cegarse con lo que la abordó. Una luz, más blanca que cualquier otra que hubiese visto, apareció en el segundo en que la puerta se abrió. A la mujer le tomó un minuto para darse cuenta de que tal luz provenía de un cuarto blanco, sin muebles ni cuadros. Sólo se veían dos perillas al final del lugar, apenas se veían las puertas. De un tranquilo golpe, la puerta abierta detrás de la mujer se cerró. Ella se dio vuelta y vio al hombre que la acompañó en todo su recorrido. Le preguntó qué ocurría, por dónde debía continuar. Él le contestó que sólo en una de esas dos puertas se encontraba su hogar. Ella se confundió, no sabiendo cómo sabría cuál de las dos era la indicada, y diciendo que jamás lo sabría. El hombre le dijo que por supuesto que ella sabría cuál escoger, sólo que debía contestar una simple pregunta: “¿Eres feliz?” La pregunta llenó la mente de la chica con nostalgia. Ahora que lo pensaba, jamás se había hecho esa pregunta con tanta seriedad. Tanta seriedad como que si al contestarla hallaría el camino a casa. Todo este tiempo, esa simple mujer creía que su vida no valía nada, que no era feliz. Pero al momento de contestar, tales palabras no salieron de su boca. Miró al hombre fijamente, y sin miedos respondió: “Si, si soy feliz.” La mujer sintió tal alivio que una sonrisa brotó de su rostro, una en mucho tiempo. El hombre también le sonrió y enseguida una de las dos puertas se abrió. La mujer se dirigió hacia ella y entró. Sus ojos se abrieron, su rostro lleno de luz miraban hacia el paisaje. Todo tan bello, todo tranquilo. Pero no estaba sola. Animales y más personas se movían por doquier. Caminaban y conversaban, disfrutaban de su tiempo sin amarguras. El hombre puso su mano sobre el hombro de la mujer y le habló con una voz dulce. “Ésta es tu casa.” La mujer lo miró sorprendida por sus palabras, pero se sorprendió aún más al verlo a él. Por fin la mujer pudo ver cómo él vestía. Todo de blanco, una túnica blanca y limpia lo rodeaba. Dos figuras, parecidas al algodón, brotaban de su espalda. Eran alas, y él, un ángel. La mujer volvió a mirar al paisaje. Una calma invadía su interior, sonrió y comenzó a avanzar. Tantos años pensando que jamás lo hallaría, su hogar, pero por fin, cuando menos los esperó, allí estaba. Su hogar, frente a ella.

Nube.



¿Quién eres?
Sólo puedo especular.
Una simple figura que conmueve,
O la escarcha de día que el aire mueve al andar.
Eres más que un color,
Pues yo digo que no posees alguno.
Tu perfume no se manifiesta,
Éste viaja por el aire en época de tormenta.
Eres dulce, pareces caramelo.
Tan espectacular.
¿Podrían mis ojos engañarme?
Cada vez que observo el edén
Allí te encuentras, pero al segundo ya no estás.
Tan traviesa, provocas el quererte ajustar.
Formas variadas figuras.
No, más bien, formas conmoción.
Tu níveo vestir,
Tu rostro albo.
Todo parece ser preciso,
Todo parece ser calculado.
Mas nada es cierto.
La gaviota nos ha engañado.
Tu silueta se transforma,
Al igual de la mirada de tu observador.
Cuántas fantasías,
Cuántos deseos.
¿Será que te detendrás?
No, mejor deseo que continúes.
Liberando, danzando,
Todo protector a tu lado.

martes, diciembre 26, 2006

Desconocido



“Él paraba un autobús sin destino alguno.” Con solo verlo una vez, fue suficiente como para no olvidarlo nunca más. Cómo olvidar su figura, simple pero capaz de cautivar cualquier mujer que se topase con él; cómo olvidar su cabello, tan masculino pero a la vez delicado y sensible cuando es rodeado por el cálido viento; cómo olvidar su rostro, moreno y apuesto, tan salvaje y único como si viniese de una lejana y antigua civilización; y cómo olvidar su sonrisa, esa que es tan dulce y a la vez sensual, tan varonil y atractiva. Debo admitir que me enamoró en el segundo en que mi vista se fijó en él. Mientras me acercaba al paradero, lo observaba en cada detalle; cuando prendía un cigarro, cuando le cedía su asiento a una anciana mujer; cuando sonreía a los pequeños niños de la escuela. Parecía estúpida, mirándolo como una adolescente con su primer amor. Yo permanecía parada allí, junto con las demás personas que esperaban el autobús. Todas iguales, todas tan sencillas. Pero ese hombre, ese desconocido, fue capaz de resaltar del resto. El autobús llegó a su paradero, y finalmente el desconocido debía marchar. Por un segundo, tan pequeño pero suficiente, sentí que él me miraba. Sonrió como para decir adiós y subió al autobús. No volví a verlo jamás, y tampoco deseo hacerlo. Fue como uno de esos ángeles que cuidan de ti, pero que jamás debes tener una relación directa con ellos, sino soñar y saber que donde estén, te protegen y aman.

Solían llamarle Alejandría



El calor era insoportable, las paredes parecían estar cubiertas en rojo, ardiendo con rabia y vendetta. El humo comenzaba a llenar cada cámara de la Biblioteca, aumentando más, a medida que las llamas rodeaban el templo. Los escolares y templarios se habían recién percatado de tan grande incidente, y hacían lo posible por salvar los tesoros. Pero el museo se encontraba cerrado por el derrumbe de algún pilar en la zona de entrada, los tesoros más importantes de la Biblioteca se encontraban atrapados. Dentro de la cámara aún se hallaba una muchacha que minutos antes, había estado absorta en un maravilloso relato escrito en papiro que hablaba de una antigua reina egipcia y su prohibido amante. Nafretiti había abandonado el papiro en una mesa y ahora intentaba abrir la entrada al museo en que se encontraba. Pero estaba sola, y no tenía fuerza suficiente para remover las ruinas que la retenían. El humo ya comenzaba a ingresar a la habitación, el olor a leña quemada cubría todo el aire. De un minuto a otro se escucharon gritos del otro lado de la cámara.

“¡¿Nafretiti, te encuentras allí?!” Una voz oscura y varonil habló en un tono de alarma, calmando a la abandonada muchacha, quien pensaba que ya nada podría liberarla de una trágica muerte en la hoguera.

“¿Anok Sabé? ¡Si, estoy aquí!” La sacerdotisa dijo sonriente, pero a la vez preocupada por el humo que comenzaba a incrementarse cada vez más. Un ruido de piedras moviéndose se escuchó, y en el segundo en que Nafretiti se echó para atrás, la entrada al museo quedó libre e ingresaron a ella dos sacerdotes y algunas sacerdotisas felices de encontrar a la mujer sana y a salvo.

“¡Debemos irnos! El fuego no tardará en atraparnos a nosotros también.” Anok Sabé tomó a Nafretiti de la mano y la dirigió a la salida rápidamente, pero ella logró soltarse y lo miró incrédula.

“¿Piensas marcharte y dejar estas palabras abandonadas a las llamas?” Nafretiti miró luego al resto de los sacerdotes y sacerdotisas esperando alguna respuesta.

“¡No hay tiempo! Algunos textos ya están a salvo junto con el resto de nuestra familia. Nos esperan en un barco para huir.” Pero la sacerdotisa no escuchó palabra alguna de Anok Sabé, sino que se encontraba recolectando papiros y libros en una cesta. Anok Sabé dio un suspiro de rendimiento y ordenó al resto de los templarios que tomaran sólo un par de textos y que marcharán hacía el barco que los esperaba. Ahora los únicos alejandrinos que se encontraban en la Biblioteca eran ellos dos, una soñadora pero fuerte muchacha, y un hombre sabio como su nombre y dispuesto a dar su vida por quien ama. Intentaron salvar los tesoros que por generaciones han intentado proteger, pero el fuego era mucho, y el derrumbe comenzaba a notarse así como agua en el mar. Sólo lograron llenar dos cestas de mimbre con pergaminos y libros varios, pero aunque no fue suficiente, algo era. Un pedazo de piedra calló del tejado, casi aplastando a Nafretiti, pero ella no tenía miedo, quería continuar su misión. Anok Sabé le rogó que desistiera, pidiéndole que fuera a reunirse con el resto de sus hermanos, que no los abandonara a ellos. Cuando ambos estaban a punto de abandonar la cámara, una vez perfecta e indestructible, repleta con más de doscientos mil libros y tesoros, con palabras sagradas y testimonios inimaginables, Nafretiti se detuvo con un rostro de alarma.

“El libro sagrado.”

No se trataba de ninguna Biblia o documento sobre alguna visión de Dios, sino que el libro más importante que poseía la Biblioteca. Era un libro sin ninguna leyenda y sin ningún relato acerca de Dioses antiguos, era un libro con miles de pensamientos y deseos. En el libro sagrado se encontraban escritos todos y cada uno de los libros que se encontraban dentro de la Biblioteca, los nombres, su autor, y cuándo fueron ingresados al museo. Necesitarían ese libro si deseaban continuar con la misión de la Biblioteca. Nafretiti tomó el gran libro y salió corriendo junto con su amado en dirección hacia las afueras de la Biblioteca. El camino parecía eterno, sus brazos pesaban con las cestas llenas de documentos, sus piernas parecían dormidas por el gran recorrido que debían correr entre pasillos, columnas y escalas de mármol, sus rostros parecían arder con el fuego y humo que los rodeaban. Estaban alarmados, por un segundo pensaron que no podrían escapar, pero la pasión que sentían por proteger las enseñanzas de la Biblioteca, eran más que su propio cansancio. Por fin lograron divisar alguna luz que les anunciaba que la salida estaba cerca. Recorrieron el último pasillo y una imagen tan terrible como el propio infierno los rodeó. Las calles se encontraban en llamas, habían cadáveres y gente agonizando por doquier. Nadie al ser capturado por los cristianos lograría sobrevivir, la sed de matanza se convertía en un éxtasi, y el amor por Dios se convertía en un odio por el enemigo. Los dos sacerdotes miraban asustados el acontecimiento, veían como sus amigos y familiares morían por las llamas, junto con sus más grandes tesoros, juntos con el único propósito que tenían sus vidas. Anok Sabé tomó a su amada de la mano y la dirigió a un camino oculto tras unos cerros de arena y filas de palmeras. Nafretiti estaba cegada, sus ojos sólo estaban concentrados en la visión que acababa de ver, la gente muriendo y pergaminos sagrados en llamas. La muchacha ni se dio cuenta de cuando llegaron a las orillas del río, ni cuando Anok Sabé la ayudaba a subirse a un barco repleto sacerdotes y escolares. Anok Sabé fue el último alejandrino que abordó al barco antes de que comenzara a alejarse de Alejandría para siempre. Todos los sacerdotes y escolares de la Biblioteca observaban su pasado, toda su vida ahora tras las llamas, pensando en que estaban arruinados. Anok Sabé logró hacer reaccionar a Nafretiti, quien lo miró con suma tristeza. Pero en esos momentos decidió permanecer con calma, miró a sus hermanos y les sonrió. Luego continuó mirando, y se dio cuenta de algo terrible.

“¿Dónde esta el Supremo Sacerdote?” Nafretiti preguntó intentando divisarlo entre los rostros llenos de sudor, tierra y miedo.

“Quedó atrás. Su edad no le permitió huir de las manos de nuestro enemigo.” Anok Sabé le dijo con tristeza. “Eso te convierte ti en la encargada de la Biblioteca. Eres la única con sangre real en este barco.”

“Nafretiti, tú eres la nueva Suma Sacerdotisa, por favor indícanos qué hacer.” Una sacerdotisa dijo con voz temblorosa.

“Nos marcharémos, lejos, muy lejos.” Nafretiti dijo con el fuego de la Biblioteca reflejado en sus ojos mientras navegaban por las aguas. “Crearemos una nueva Biblioteca. Pero esta vez, nadie sabrá de sus existencia, solamente quienes realmente sean capaces de mantener el juramento antes de nada. Gracias al Libro Sagrado, sabremos qué textos poseemos y cuales no. Comenzaremos de cero, comenzaremos una nueva vida, una nueva enseñanza y un nuevo legado. No dejaremos que Theodosius destruya lo que hemos tratado de proteger y crear durante tantos años, sino que nos enfrentaremos, aunque sea desde lo más desconocido del mundo.”

“¿Sobreviviremos?”

“Sólo si permanecemos unidos. De esta manera, el mundo jamás olvidará qué es la Biblioteca.”

“La cartas de Santa María Magdalena, las recolectamos todas, aquí están.” Un hombre le entregó las cartas escritas en un antiguo papel a Nafretiti.

“Protegeremos nuestros tesoros.” Nafretiti tomó las cartas firmemente, como si se trataran de su propio bebé. “Nadie volverá a quitárnoslos de nuestras manos. Nadie volverá a destruir la Biblioteca de Alejandria.”
La Biblioteca de Alejandría era la más grande del mundo. Un lugar de enseñanza y aprendizaje. Un lugar en que a través de palabras, se escondían tantas cosas. La Biblioteca fue visitada por personas de todo el mundo, todos quienes desearan compartir algo con ella. Pero un día todo cambió. El fuego, el odio y el miedo se hicieron cargo de la Biblioteca. Los tesoros de la Biblioteca más grande del mundo desaparecerían por siempre. Los sacerdotes y sacerdotisas jamás pensarían que lo que lograran salvar aquella noche, sería los últimos documentos de la Biblioteca de Alejandria. Theodosius ya había condenado a muerte a los cientos de egipcios que intentaban proteger su legado. Los cuerpos y textos de la Biblioteca eran arrojados a las llamas, quemados todos en un solo cuerpo. Los cristianos miraban la hoguera con placer y orgullo. Quienes escaparon se escondieron, quienes escondieron desaparecieron. Lo cierto es que los alejandrinos decidieron proteger sus tesoros, los tesoros del mundo, lejos de mentes egoístas y sin ganas de aprender y enseñar. Sólo quien tenga deseos más grandes que el placer propio, podrá descubrir y visitar la Biblioteca de Alejandria una ves más, sacada de las cenizas y reconstruida a mano por sus herederos.