Eres un fantasma-.
Me lo repetías días y noches acostados en la cama.
Era cuando el licor no funcionaba,
cuando el polvo blanco se hacía cristal falso,
cuando el pasto se convertía en sólo nicotina
y cuando mi mente quedaba completamente en blanco
Y me convertía en fantasma.
Cerraba las cortinas intentando escapar
de esa capa de smog o de ese sol alegre.
Porque envidiaba el día,
ese que vive como si jamás se fuera a acabar.
Entonces salía de noche.
El frío acompañaba mis mejillas y mis ojos lloraban;
el abrigo de piel falso- porque no mato animales-,
las botas modernas con tacos,
ese cigarro que no es más que una compañía
Intentaba olvidarlo,
bebía sin placer,
fumana incontrolada,
ocultaba esas cicatrices con mis pulseras desordenadas.
Pero las veían, y me preguntaban.
No corre la sangre roja;
a veces salta y mancha todo el baño.
Duele pero no tanto,
pero al día siguiente no hay nada, sólo cicatrices
Sigo haciendolo -aunque ya no me ayuda-.
Tampoco los antidepresivos
cuya dosis ya es enorme.
Y para que hablar de fumar;
solo es sueño pero no me alegro.
Soy un fantasma, me decías.
Tú que hablas como yo,
que no me dejas en paz,
que me conoces mejor que Él.
Eres un fantasma.
lunes, abril 21, 2008
Fantasma
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 12:06 p. m. .... ... ** 0
martes, diciembre 04, 2007
Nuestro Aroma.
Nuestro aroma.
Solo una vez más, solo una. Esta será la última vez, después de esto lo dejaré. Solo debes subir la escalera, son solo catorce escalones. Catorce escalones y llegarás a la habitación. Estará vacía y olera a rosas y a afrodisiaco, sólo a rosas y a afrodisiaco. Uno, dos, tres...doce, trece y catorce. He llegado. Ahora abre la puerta, vamos, abrela. Está vacía, no huele a ella. Lo logré, lo hize. Debo recostarme en la cama y cerrar lo ojos, cuando despierte todo acabará.
Abro los ojos, alguien me mira. Vamos, dícelo, dile que lo odias, que se acabó. Un par de ojos azules me miran. Son fríos, arrogantes y están acompañados de una sonrisa burlona.
« Buenos días. »
Vamos, dile que todo acabó. No puedo, lo miro y me ahogo en su mirada. Soy cobarde, me da miedo. La habitación ya no huele a flores, está contaminada. Su típico olor a afrodisiaco trae impregnado consigo un olor desconocido del que ya estoy acostumbrada. Callo. Lo observo. Se para de la cama y me invita a cenar. No tengo ganas, quiero dormir, quedarme en mi cama esperando a que el olor a rosas y afrodisiaco vuelva. Pero si me niego se irá solo, de todas formas no me acompañará. Nunca lo hace.
Lo miro. Come de manera elegante, muy calmado. Me pregunta cómo estuvo mi día aunque sepa que estuvo bien. Siempre está bien. No hay otra cosa que bien en sus preocupaciones. Preguntale cómo estuvo su día, veamos qué te dice. No me atrevo, no puedo. Sé que estuvo bien, solo bien. Se levanta y va al baño, quiero ir con él. Síguelo, ve con él. Me quedo sentada bebiendo vino mientras lo miro de lejos. Una mujer va al baño también; no en dirección al baño de damas. Sonrio inconscientemente, me pregunto qué perfume llevará puesto.
Muchos minutos para ir al baño. Me besa calmado, me sonrie arrogante. Se sienta frente a mí y come calmado. Huele delicioso, pero me da asco. Un olor ajeno, demasiado femenino. Dile que huele bien, que no notaste su nuevo perfume. Se lo digo, pero me sonrie despreocupado. Párate y márchate, vete antes de que no puedas hacerlo más. Me quedo. Bebo vino y lo observo. Necesito mantener el olor a rosas en su cuerpo.
Unser Aroma.
Nur noch ein Mal, nur eine. Das wird das letzte Mal sein, danach werde ich es lassen. Du musst nur die Treppe hinaufgehen, es sind nur vierzehn Stufen. Vierzehn Stufen und du wirst zum Zimmer kommen. Es wird leer sein und wird nach Rosen und Aphrodisiakum riechen, nur nach Rosen und Aphrodisiakum. Eins, zwei, drei ... zwölf, dreizehn und vierzehn. Ich bin gekommen. Jetzt öffne die Tür, komm schon, öffne sie. Es ist leer, riecht nicht nach ihr. Ich habe es geschafft, ich habe es erreicht. Ich muss mich jetzt im Bett hinlegen und die Augen schließen; wenn ich morgen aufwache, wird es alles enden.
Ich öffne die Augen, jemand schaut mich an. Komm, sage es ihm, sage ihm, dass du ihm hasst, dass es zu Ende ist. Ein Paar blaue Augen schauen mich an. Sie sind kalt, arrogant und mit einem spöttisch Lächeln begleitet.
« Guten Morgen. »
Komm, sage ihm, dass alles zu Ende ist. Ich kann nicht, ich schaue ihm an und ersticke in seinem Blick. Ich bin Feigling, es macht mir Angst. Das Zimmer riecht nicht mehr nach Blumen, es ist verseucht. Sein typischer Duft nach Aphrodisiakum bringt mit ihm einen unbekannten Geruch imprägniert, zu den ich schon gewöhnt bin. Ich schweige. Ich beobachte ihn. Er steh auf vom Bett und lädt mir zu Essen ein. Ich habe kein Lust; ich will schlafen, in meinem Bett bleiben, in wartend, dass den Geruch nach Rosen und Aphrodosiakum zurück kommt. Aber wenn ich mich weigere, wird er allein weggehen, er wird mich jedenfalls nicht begleiten. Er macht das nie.
Ich schau ihm an. Er isst auf elegante Weise, sehr beruhigt. Er fragt mich, wie mein Tag war, obwohl er schon weiß, dass er gut war. Es ist immer gut. Es gibt kein andere Sache, als gut in seinen Beschäftigungen. Frage ihn wie sein Tag war, sehen wir was er dir sagt. Ich wage nicht, ich kann nicht. Ich weiß, dass er gut war; er ist immer gut. Er steht auf und geht ins Toilette; ich will mit ihm gehen. Folge ihm, geh mit ihm. Ich bleibe sitzend, Wein trinkend, während ich ihm von weit anschaue. Eine Frau geht auch ins Toilette-nicht in Richtung zur Damentoilette-. Ich lächle gedankenlos; ich frage mich, welcher Duft die hat.
Viele Minuten, um ins Bad zu gehen. Er küsst mich beruhigt, lächelt arrogant. Er setzt sich hin gegenüber mir und isst weiter beruhigt. Er riecht reizend, aber es gibt mir Ekel. Ein fremder, zu weiblicher Geruch. Sage ihm, dass er gut riecht, dass du seinen neuen Parfüm nicht bemerkt hast. Ich sage es ihm, aber er lächelt mich unbeschwert. Steh auf und geh weg, mach es bevor du es nicht mehr machen kannst. Ich bleibe. Ich trinke Wein und beobachte ihn. Ich brauche den Geruch nach Rosen in seinem Körper zu halten.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 12:22 a. m. .... ... ** 1 comentarios
Etiquetas: Tesoros
lunes, diciembre 03, 2007
Gran Avenida
Gran Avenida.
Me he dedicado a pasear por la Gran Avenida, observando a los intelectuales que leen sus libros ingleses, o que almenos pretenden hacerlo. Escucho la voz de Hemingway y Fitzgerald diciéndome al oído: «No te dejes involucrar por esos farsantes que son sólo niños ricos sin fantasías filosóficas.» No era mi plan dejarme llevar por sus mentiras y actos comúnes, sólo los observaba porque...¿Qué es lo que estaba haciendo en la Gran Avenida? ¿Por qué es que ese paseo se ha vuelto una rutina sin sentido alguno? Camino inconsciente, como si una fuerza mayor fuera la que me obliga a mover mis pies y caminar por esos adoquines que odio; los odio porque uso tacos y estos se enredan en las aberturas del cemento.
Me siento dormida. Siento que un sueño profundo recorre mi cerebro y bostezo mucho, sin poder detenerme. Pero es normal, creo. Miro a mi alrededor y lo único que veo son individuos como yo que no hacen más que rutinas, rutinas sin sentido alguno. ¿Es el hombre un ser tan rutinario? Es como si esas hipocresías de democracia, cuando todos creemos que somos libres pero alfinal sabemos que imitamos al resto. Como Rousseau decía: El hombre nace libre, pero por todas partes se encuentra encadenado. Pero no quiero que sea verdad, me gustaría pensar que camino por esa avenida con un destino importante, con un propósito de vida. Pero no será posible, quizá me tome toda una vida el poder encontrar un sentido en ese camino que más que un camino, es una forma de vivir.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 12:44 a. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
miércoles, julio 04, 2007
Agua granate.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 3:46 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
sábado, mayo 26, 2007
Cogito Ergo Sum.
Nazco, luego existo. De un órgano femenino después de meses de nutrición artificial y llamadas incoherentes, un lugar que me daba abrigo y soledad, llanto y dulzura, calor y humedad.
Crezco, luego existo. Unos centímetros más que otros, miradas con intención y palabrería de aprendizaje, todo junto a felicitaciones insólitas por mi éxito al aprender a andar.
Me equivoco, luego existo. Caigo y me deslizo levantándome nuevamente, una y otra vez pero aún no se por qué. Sólo sé que lo hago porque existo, si no lo hiciera me convertiría en un nada existente olvidado en lo más bajo del barro.
Pienso, luego existo. Ya sea rencor y amor, celos y admiración, infinitas palabras mudas que son propias viajando en la parte superior de mi ser junto a mi despeinado cabello de ex-inocente y patriota.
¿Pero vivo, muero? No, no; sólo existo.
Si vivo no existo, comienzo a existir. Si muero no existo, dejo de existir.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 7:26 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
martes, mayo 15, 2007
Paseo Griego.
Contaré, no, reprocharé lo que oí de por ahí.
Un alcázar de condenación que se acrecenta junto a una Academia que posee jardines de infinidades que rodean a su héroe,
que no lo reconocen,
que caminan con Academos y le bailan y le cantan y le hablan.
Gentes con entendimientos de Agustinismo hipócrita que hablan de Dios con agnosticismo y que lo evocan con recelo.
¡Mejor vayan a ser escolásticos!
¡Mejor aclaren sus dudas con Tomás el Santo!
Qué digo, ¡perdonad...! Si deben hablar con Gorgias, quién les dirá, quién les contará del escepticismo,
que muy mal lo conocen,
que no lo instruyen en sus designios de esclavos.
Pues son ingenuos, pues son ignaros de todo,
pero piensan, mas bien intuyen, que con objetivismo descubren nuestro arché,
que es inasequible porque no está presente,
porque el objetivismo demuestra lo no absoluto que es la verdad única.
Iban a llorar descalzos en lo oscuro,
con murallas de rasillas y con un paredón flotante.
En la alegoría de la caverna lamentaban su Raison d’Etre e intentaban una catarsis fraudulenta que no funcionaba,
que era rechazada por el mundo de las Ideas,
porque falsaron el apolíneo y traspasaron el dionisiaco,
porque se creían brillantes,
porque se creían fiesteros.
Así como los estoicos burlados en el puerto,
leían parábolas filosóficas que forman con ideas Platónicas que crecen en mundos griegos.
Porque les contaban que su anima estaba manchada,
que con ascetismo se desprenderían, que con filosofía se desprenderían,
lejos de ideas fornicadas
y de recelos ambulantes
y de palabrerías basurales
y de gulas ambientales
y de tesoros mimesiantes.
Así hasta hallar la verdad real.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 6:48 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Calabazas.
naranjas, esféricas, cubiertas en jugosa salsa de ámbar,
adornadas con pulseras y collares de esmeraldas,
juguetean y conversan unas con otras;
con sus vecinas y aliadas.
Sonríen,
pelean con los cuervos que desean invitarlas a cenar y así robar su intimidad;
ríen,
reciben noticias de sus gusanos amigos que visten viscosos abrigos;
saludan al jardinero,
esperando por que no las lleven a trabajar.
Son aún niños, sí,
jóvenes y sin sentido del comercio empresarial.
Miran la carretera,
madera horrenda y perforada,
cubierta alegremente por más vecinas de sociedad mientras sus viudos esperan a cenar.
Van al doctor,
operación facial,
ojos de contacto y narices refinadas, labios con botox y dentaduras emperladas.
Comentan y comentan.
Las más viejas van a clases de cocina,
todas allí se juntan,
las nueras y las viudas.
Pasteles, caramelo, harina;
el olor les fascina.
Cansadas están,
sí, las caras de calabaza,
toman un baño dulce y van a tostar la piel blanca que las acordona.
Solarium, hermoso palacio;
hace mucho calor, demasiado.
Rumores y rumores.
Devuelta en el barrio conversan sobre qué ha pasado.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 6:43 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Peso.
Llevo el peso de años explorados, días añejos por su historia cubierta en huecos de troncos frondosos repletos de hierba de albañiles plagados en ira medieval.
Así como los antiguos soldados de guerra traían armaduras forzadas en metal grueso y resplandeciente, los nuevos guerreros de la justicia conservan el orgullo y la dicha de servir más que la de triunfar.
Me siento en ese prado verdoso e interminable, donde animales de granado se alimentan de exquisiteces inexploradas. Allí es cuando mis ojos se encuentran con el eterno espejo que se halla en lo más ato de nuestro razonamiento. Un vidrio con dos géminis; el transparente que nos ayuda a mirar más allá, y el reflector que muestra nuestros pensamientos más secretos. Y así con mis ojos en esas montañas forradas en azul, el peso de mis conocimientos comienza a desvanecerse rápidamente. Una brisa parece menos ligera, y de un momento a otro una sonrisa adorna mi rostro como el más bello velo afgano.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 6:35 p. m. .... ... ** 0
martes, abril 24, 2007
Profesionales.
Te visité ayer por la tarde, toqué el timbre de tu departamento pero no contestaste. Fue extraño, sabes bien que te visito a la misma hora cada semana. Intenté una y otra vez, pero nada. Decidí volver una hora más tarde, pensé que quizás te dieron ganas de tomar un baño frío como lo sueles hacer después de tus caminatas por el bosque y no escuchaste el sonido del timbre. Bajé las escaleras y aún podía reconocer tu aroma impregnado en los peldaños. Ese olor a cigarros cubanos y a un licor derivado del martini. Miré hacia atrás; podías encontrarte detrás de mí. No estabas, ni siquiera tu aroma pareció incrementarse en ese segundo. Giré en mis talones y continué mi camino hacia la salida. La luz de la calle me frenó inesperadamente. Era ese destello blanco y refrescante proveniente del sol; muy diferente a tu vivienda abandonada entre las paredes húmedas y mohosas de granito. Jamás comprendí cómo es que lograbas adaptarte a lugares tan marchitos, pero creo que siempre acepté que combinara con tu personalidad siniestra. Llegué a la siempre concurrida calle y miré a mí alrededor. De alguna manera me sentí ajena al mundo exterior; seguramente lo tenebroso de tu mundo me contagió insanamente. La mujer con sombrero de plumas lila que pasea a su can, el hombre que vende periódicos en la esquina de Barkey & Fritz, el niño que compra helados al heladero del ojo marchito y el artista cautivo que ingresa a su limosina; todos extraños. Doblé a la izquierda, dispuesta a dar una vuelta por los alrededores y quizá tomar un café donde nos gustaba ir en nuestros primeros encuentros. Cuando iba concentrada en un bebé que lloraba porque su cascabel había caído al cemento y cuando estaba a punto de dar mi tercer paso, alguien me sujetó firmemente del brazo. Me di vuelta asustada; habían muchos asaltantes en esta última década. Eras tú; tú y esa sonrisa varonil y estafadora. Di un suspiro de alivio, feliz de encontrarte allí frente a mí. Me pediste perdón por tardar a nuestras acostumbradas citas en su departamento, pero sonreí sin rencores.
Miraba tu rostro mientras me encontraba sentada en tu cama, un colchón tan duro del que siempre me quejé. Estabas preparando un café, con un cubo de azúcar ficticia para cada uno, preocupado por no perder el aroma de los magníficos granos exportados desde Colombia. Yo solamente te observaba, a ti y a tu camisa sucia y algo rota, tus zapatos manchados en algo similar a un barro ligero, y a tus pantalones negros y arrugados. Hasta tu cabello estaba desorbitado; el negro azabache que dominaba a otros cabellos del mundo se encontraba sucio y daba la impresión de encontrarse canoso. Me entregaste el café y me quedaste mirando curioso, esas pausas que exageras demasiando, no intentando encubrir tu observación hacia el anfitrión. Pero esta vez no me intimidaste, me encontraba penetrantemente hundida en tu rostro. Siempre magníficamente apuesto y pálido, ahora estabas tan ajeno como la gente de la calle. Tu piel comenzaba con una línea roja apenas cicatrizada que cruzaba tus cejas, continuando por el levantamiento burdeo que rodeaba la parte baja de tu ojo, tu nariz tenía restos de sangre seca y todo acababa con tus labios partidos en cicatrices furiosas. Era escandalosamente terrible ver lo lastimado que te encontrabas, y más aún ver cómo parecía no importarte. ¿Recuerdas cómo recibí la taza de café con un agradecimiento tímido y tú me preguntaste qué sucedía?
Sin dudar ni tragar saliva nerviosa te pregunté con tristeza, “¿Por cuánto tiempo seguirás metido en eso?”
“¿Por cuánto tiempo seguirás en lo tuyo?”
Odiaba como te burlabas de mis preguntas serias con una sonrisa infantil, más aún porque tenían la razón. Sabía que no podía exigirte que te alejaras de tus camaradas y renunciaras a todo, sabía que era imposible tanto como por tú parte como por la de quienes te mandaban. Aunque no era la primera vez, ni la segunda, que te veía en esas condiciones, no podía evitar sorprenderme cada vez. Jamás me pediste ayuda, jamás te vi moribundo o sufriendo por problemas personales, jamás te vi caer bajo. Eso me preocupaba, sabía que eras como yo; evitamos exponer nuestros sentimientos pero amamos que nos complazcan con entendimiento. Creo que por eso nuestras reuniones pasaron a ser encuentros amistosos, siempre conversando y tomando un café antes de compartir algo más. Te sentaste junto a mí y terminaste con calma tu café. Dejé mi taza sobre la pequeña cómoda, pobremente adornada con una lámpara de madera astillosa, y me saqué la chaqueta. Todavía recuerdo el calor de cuando pusiste tu mano sobre mi pierna, no me miraste, pero hablaste sonriendo.
“Déjatela.”
Me confundiste con tus palabras, no entendía por qué querías que no me desvistiera. Creo que ese momento fue el más suspensivo de mi vida, en especial cuando te paraste del colchón y rebuscaste algo que estaba dentro de la bolsa apoyada junto a tu silla coja. Sacaste una caja larga y rectangular y me la entregaste sonriente. Me dio risa, mi corazón latía intensamente rápido porque no entendía qué querías que hiciera con ella.
“Es tu cumpleaños.”
No quería admitirlo, no quería admitir que nadie jamás me había hecho tan feliz con un regalo. Te miré con desconfianza y reíste con calma. Abrí la felpuda caja y me encontré el delicado collar de brillantes. Tan maravilloso, seguramente más caro que todo lo que nos rodeaba en ese cuarto. Sabía que no tenías problemas de dinero, que podías conseguirte este tipo de cosas así como te conseguiste el mejor auto de la ciudad.
“Servirá para pagar por lo que no te cobraré hoy.” Mirada pícara proveniente de mis ojos. No hablé nada más.
Dijiste que mi rostro estaba pálido y desconocido, que disfrutaste la situación como ninguna. Te burlaste al final del día de que jamás te agradecí el regalo, pero no fue porque no me gustara, sino porque lo amaba. Así fueron las últimas cosas que conversamos, creo que me pongo melancólica al no oír tu voz a estas horas del día. Es extraño no reencontrarnos en tu departamento y en cambio hacerlo en una sala alumbrada y vestida en blanco. Si tan solo pudieras ver lo limpio de este lugar, no te gustaría para nada. En este momento estoy sentada en el escritorio junto a ti, duermes. Te estuve observando hace un momento, te ves tan tranquilo. Los doctores dicen que despertaras en la próxima hora, la operación fue ardua pero lograron manejarla. ¿Qué habríamos hecho los dos si la bala no hubiera atravesado tu entrepierna y en cambio tu parte más intima? Espero que no te queden dolores de por vida, sería complicado.
Ya no me queda más espacio para escribir, no quiero ir a recepción a pedir más papel ya que la enfermera se cuestiona demasiado qué estoy tramando. No puedo decir que me alegro por que estés en estas situaciones, sólo por el hecho de que sé que no meditarás tu trabajo. Apenas estés de pie irás al encuentro de tus secuaces; la próxima vez espero que no te agredan, y de hacerlo, que aprendas la lección. Te vendré a ver por la mañana, ahora debo ir a trabajar. Cuatro citas en lo que queda del día, todo esto se está convirtiendo mucho para mi.
Siempre tuya,
P.L.
P.D.: Llevo puesto el collar de brillantes, gracias.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 11:08 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Paranoico.
Era un paranoico. Me miraba sin razón y comenzaba a gritar, una y otra vez; sonidos interminables. Recuerdo como la primera vez me paré y caminé hacia él para intentar calmarlo; no lo logré. Cubrió sus oídos con ambas manos, parecía querer aplastar su cabeza con las palmas, pero no sucedía. Al momento que sujetaba su cabeza, comenzó a balancearse de adelante hacia atrás, sin si quiera detenerse. Ojos abiertos, parecía un pez fuera de agua, queriéndose saciar de aire contaminado. No sabía qué hacer, no comprendía por qué me tenía miedo, a mí, su fiel secuaz en épocas de locura. La enfermera me dijo la razón, me contó como es que después de la muerte de Francisco comenzó a tener sueños despierto, y de un momento a otro, el mismo no sabía ni quién era. Ella dijo que era normal, que esas cosas siempre pasan; pero no a él, no. Me reí, lo conocía desde niña, era el hombre más cuerdo y razonable que jamás conocí. Recuerdo como íbamos todos a pescar al muelle; sí, con Francisco también. La primera vez que vi como sacaban al pobre animal de su ambiente, tirándolo a las tablas mohosas del suelo dejando que muriera, comencé a llorar interminablemente. Entonces se me acercó él, maduro como siempre, tocó mi hombro y sonrió. Aunque mis ojos estaban cubiertos de líquido lagrimal y veía todo borroso, recuerdo su sonrisa plena, tranquilizadora. Tomó al pez de la cola y lo arrojó de vuelta al mar. Siempre con esos pequeños gestos, con esas pequeñas alegrías con tal de no verme llorar. Pero ahora era distinto, esta vez fui yo quien se sentía con el deber de protegerlo. Su cuerpo temblante, balanceándose como un niño sin sentido. No quería sentirlo, pero me dio pena, quise llorar, y mucho. Me acerqué nuevamente a él e intenté poner mi mano en su hombro, pero volvió a gritar. Eran gritos casi ahogados, roncos y altos. Pero no desistí, me aproximé más y esta vez logré poner mi mano en su hombro a la vez que le sonreí así como él lo hizo una vez conmigo. Aunque sus ojos miraban al techo y no se fijaban en mi, el grito comenzó a desaparecer lentamente y comenzó a transformarse en risas inocentes, felices.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 11:05 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Bienvenido.
Y me decían bienvenido; sí, bienvenido. Bienvenido a dónde. Mi rostro rígido paseaba por los ojos destellantes y farsantes de mis espectadores. ¿Qué esperaban? ¿Un agradecimiento o quizá unas palabras tranquilizadoras? Podían seguir soñando. ¿Fueron ellos acaso quienes me defendieron cuando fui juzgado por crímenes no cometidos? ¿Fuero ellos quienes me visitaron durante mis años de encierro? ¿Fueron ellos quienes lograron sacarme de esas ruinas? No, no, y no. Pues digo: ¿debería yo convertirme en mártir y responder a mi bienvenida tímidamente? Sí; lamentablemente sí. Elevé mi mano simulando un tembloreo irreal, caminé entre los cubículos y sonreí, simplemente sonreí. Tranquilo, sin hablar, caminando lúcido. Llegué a mi escritorio y me senté. Tuve que llamar a Gabi para que reintegrara mis papeles y cosas nuevamente al vacío escritorio que parecía el lugar de trabajo de un muerto olvidado. Al menos mi tazón para el café seguía frente a mi; sucio, pero ahí.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:58 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Tu perfume de traición.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:51 p. m. .... ... ** 0
Etiquetas: Tesoros
Silencio.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:49 p. m. .... ... ** 0
Televisión.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 10:43 p. m. .... ... ** 0
martes, marzo 13, 2007
Gente.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 2:55 p. m. .... ... ** 1 comentarios
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 2:52 p. m. .... ... ** 1 comentarios
Realidad ficticia.
obra de Lisa von der Forst cuando el reloj daban las 2:45 p. m. .... ... ** 0



